Capítulo VI: Sábado de fiestas

Historias del 722

Hoy el 722 no pasa por su parada habitual. Las fiestas de Colmenar Viejo transforman sus calles, sus horarios y hasta sus recuerdos. Entre procesiones, toros, música y viejas amistades, descubrimos que algunos de los mejores viajes se hacen sin salir del pueblo.

Hoy es sábado.
Pero no es un sábado cualquiera.
Aunque, pensándolo bien, para mí todos los sábados son maravillosos. Como los lunes, los miércoles o cualquier otro día de la semana. Nunca he entendido demasiado bien esa costumbre de esperar al viernes para empezar a vivir.

¿Y qué hacemos con los otros cinco días? ¿Los devolvemos porque han salido defectuosos?

Vivir ya es una fiesta.

Sentir el aire en las manos, observar a la gente caminando, levantar la mirada y descubrir las nubes que se desplazan lentamente hacia el pico de San Pedro. Escuchar el ruido de una persiana que se levanta, el saludo de dos vecinos o las campanas de una iglesia.

Todo eso también es vivir.

Y hoy, además, Colmenar Viejo está de fiesta.

Se acercan las fiestas de agosto, las de nuestra Patrona, la Virgen de los Remedios. La Virgen baja desde su ermita para visitar al pueblo y permanecer unos días entre nosotros.

Es una tradición que atraviesa generaciones.

La Basílica de la Asunción se prepara para recibirla. La Hermandad, las procesiones, las celebraciones religiosas, la misa mayor y esa Salve Solemnísima que, cuando se escucha dentro del templo, parece detener el tiempo.

Fuera, mientras tanto, el pueblo tiene otro sonido.

Las charangas, las peñas, los conciertos, las atracciones y los jóvenes con sus músicas modernas.

Dicen que es música.

Ellos sabrán.

Yo me quedé en los años setenta y ochenta, con mis canciones, mis guitarras y aquellas voces que todavía me acompañan cuando camino.

Pero tampoco puedo criticarles demasiado.

Mi padre se quedó en los cincuenta y sesenta. Pepe Pinto, Farina, aquellos cantaores que sonaban en casa y que yo escuchaba sin prestarles demasiada atención.

Ahora daría cualquier cosa por volver a oír una de aquellas canciones mientras él está sentado a mi lado.

Curioso, ¿verdad?

La música que antes nos parecía antigua termina convirtiéndose en el sonido de nuestros recuerdos.

Cada generación cree haber descubierto la mejor música del mundo.

Y seguramente todas tengan razón.

Estoy en la parada habitual del 722.

Pero hoy no voy a subir.

He venido a esperar a unos amigos que llegan desde Madrid. Se quedarán en casa hasta el martes, cuando acompañemos de nuevo a la Virgen hasta su ermita.

Tenemos el programa preparado: toros, paseos por el pueblo, alguna terraza, conversaciones interminables y, por supuesto, la Salve Solemnísima en la Basílica.

Aunque en las fiestas, los programas están para incumplirlos.

Uno sale a tomar un café y termina comiendo a las cinco de la tarde porque se ha encontrado con tres amigos, dos conocidos y uno que asegura haberte conocido hace cuarenta años.

—¿No te acuerdas de mí?

Esa es una de las preguntas más peligrosas que pueden hacerte a cierta edad.

Porque uno sonríe, observa la cara del interlocutor y comienza a buscar desesperadamente entre los archivos de la memoria.

—¡Hombre, claro que me acuerdo!

Mentira.

Pero hay mentiras que son actos de cortesía.

Mientras espero, veo acercarse a una señora que también busca el autobús.

—Perdone, ¿el 722 pasa por aquí?

—Hoy creo que no. Con las fiestas han cambiado algunas paradas.

—¡Otra vez! —exclama—. Todos los años igual.

—Mujer, tampoco podemos pedirle a la Virgen que cambie el recorrido de la procesión para que pase el autobús.

La señora se ríe.

—Pues podrían avisar mejor.

—En eso tiene usted razón. Las tradiciones son muy bonitas, pero cuando uno lleva veinte minutos esperando un autobús que no va a venir, pierden un poco de encanto.

—¿Y dónde lo cojo?

—Mejor consultamos el aviso de la compañía, porque no quiero mandarla a dar una vuelta por todo Colmenar.

La mujer saca el teléfono.

—Antes estas cosas no pasaban.

—Antes pasaban otras. Lo que ocurre es que ya no nos acordamos.

—Eso también es verdad.

Nos quedamos unos instantes mirando la pantalla.

Y pensé en lo curioso que resulta un pueblo durante sus fiestas.

Las calles que durante el año pertenecen a los coches se convierten en lugares de encuentro. Donde ayer circulaba un autobús, hoy puede pasar una procesión. Donde normalmente aparcamos, aparecen escenarios, casetas o vallados.

El pueblo cambia de dueño durante unos días.

Y los verdaderos propietarios vuelven a ser sus habitantes.

Recuerdo las fiestas de hace muchos años.

No eran mejores ni peores.

Eran nuestras.

Las calles parecían más grandes, quizás porque nosotros éramos más pequeños. Los días duraban una eternidad y el dinero que llevábamos en el bolsillo desaparecía misteriosamente entre las atracciones y los puestos.

Había familias enteras paseando, abuelos sentados observando a sus nietos, jóvenes buscando una mirada entre la multitud.

Y estaban los toros.

Colmenar Viejo tiene una larga tradición taurina, con sus aficionados, sus encierros y sus tardes de plaza.

A mí siempre me ha llamado la atención lo que sucede alrededor de una corrida.

Los grupos que caminan hacia la plaza, los comentarios sobre los toreros, las discusiones sobre si el ganado será bueno o malo, los aficionados que parecen conocer hasta el árbol genealógico de cada toro.

—Ese viene de buena ganadería.

—Pues como salga al abuelo, preparaos.

Y todos opinan.

En la plaza, algunos miran al toro. Otros al torero. Otros al tendido de enfrente, buscando conocidos.

También están quienes no comparten la tradición taurina y prefieren disfrutar de las fiestas de otra manera.

El pueblo es suficientemente grande para albergar distintas sensibilidades.

Porque las tradiciones, como las personas, también viven sus propias discusiones con el tiempo.

Y precisamente por eso merece la pena hablar de ellas.

Un hombre se detiene a mi lado.

—¿Esperando el 722?

—No. Hoy espero algo mucho más complicado.

—¿El qué?

—A unos amigos de Madrid.

—¿Y eso qué tiene de complicado?

—Que me han dicho que llegan a las doce. Pero no me han aclarado si a las doce de hoy o a las doce de algún otro día.

Se ríe.

—Pues paciencia.

—Eso es lo bueno de hacerse mayor. Que vas aprendiendo a esperar.

—¿Y lo malo?

—Que cada vez tienes menos tiempo para hacerlo.

Nos miramos y sonreímos.

El hombre continúa su camino.

Yo vuelvo a mirar hacia la carretera.

Durante unos segundos imagino al 722 circulando por su recorrido habitual, con Juan al volante.

Aunque Juan ahora estará en casa, descubriendo que un recién nacido no entiende de horarios, de descansos ni de convenios laborales.

Me acuerdo de su hijo.

Aquel niño que acaba de llegar al mundo todavía no sabe qué es Colmenar Viejo, ni sus fiestas, ni la Virgen de los Remedios.

Pero algún día quizás venga de la mano de su padre a ver una procesión.

O a comprar un globo.

O a escuchar una charanga.

Y puede que Juan le diga:

—Cuando tú naciste, yo conducía el 722.

El niño seguramente no comprenderá la importancia de aquella frase.

Los hijos tardamos muchos años en descubrir que nuestros padres también tuvieron una vida antes de nosotros.

Por fin suena mi teléfono.

Son mis amigos.

—¿Dónde estás?

—En la parada.

—Pues nosotros estamos llegando.

—¿Llegando a dónde?

—A Colmenar.

—Eso ya lo suponía. No creo que vengáis andando desde Madrid.

—¿Y cómo te encontramos?

—Buscad a un hombre de pelo gris que está mirando pasar la vida.

—¡Pues habrá unos cuantos!

—Entonces buscad al que todavía tiene ganas de vivir otros cien años.

Nos reímos.

Les digo dónde encontrarnos y guardo el teléfono.

A mi alrededor, Colmenar continúa preparándose para sus fiestas.

Pienso en las fotografías antiguas.

En aquellos hombres vestidos con sus mejores trajes, las mujeres con sus vestidos de domingo, los niños que hoy serán abuelos y los abuelos que ya no están.

Todos aparecen inmóviles en fotografías amarillentas.

Pero basta mirarlas un poco para que vuelvan a moverse.

Casi podemos escuchar sus voces.

La fotografía tiene algo que todavía no hemos conseguido explicar del todo: es capaz de detener un instante que nunca volverá a repetirse.

Y, sin embargo, cada vez que alguien la contempla, aquel instante vuelve a existir.

Quizás por eso me gusta tanto fotografiar las fiestas.

No solamente por lo que sucede hoy.

Sino por quienes, dentro de cincuenta años, mirarán esas imágenes y preguntarán:

—¿Quién era ese señor?

—¿Y esa mujer?

—¿Por qué llevaban a la Virgen por esas calles?

Alguien tendrá que contarles la historia.

Y para eso están los recuerdos.

Mis amigos aparecen finalmente al otro lado de la calle.

Levanto la mano.

Uno de ellos grita:

—¡Venga, que llegamos tarde!

—¿Tarde a qué? ¡Si estamos de fiestas!

Nos abrazamos.

Comenzamos a caminar hacia el centro, mezclándonos con la gente que va y viene.

Hoy no hay viaje en el 722.

No hay conductor, ni billete, ni asiento junto a la ventanilla.

Hoy toca quedarse en Colmenar.

Disfrutar de sus calles, de sus fiestas, de las personas que regresan cada año y de aquellas que ya no volverán.

Porque un pueblo no está hecho solamente de edificios y carreteras.

Está hecho de memoria.

De los nombres que recordamos, de las voces que aún creemos escuchar y de las costumbres que una generación entrega a la siguiente.

Unos llegan.

Otros se marchan.

Como los pasajeros del 722.

Como el niño de Juan, que acaba de comenzar su viaje.

Y mientras caminamos hacia la plaza, pienso que quizás las tradiciones no sean eternas por repetirse todos los años.

Son eternas mientras exista alguien dispuesto a recordarlas, vivirlas y contarlas.

Mañana volverá a pasar el autobús.

O quizás no.

Pero hoy, por una vez, no tengo ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

Porque hoy el viaje no está en la carretera.

Hoy el viaje es Colmenar Viejo.


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