Durante años, Isabel Díaz Ayuso ha convertido la libertad en una de sus principales banderas políticas. Del «comunismo o libertad» a las sospechas sobre el voto por correo, quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué significa realmente esa palabra.
Isabel Díaz Ayuso comenzó su trayectoria política lejos de los grandes discursos, las mayorías absolutas y los focos de la Puerta del Sol.
Periodista de formación, trabajó en la comunicación digital del Partido Popular de Madrid durante la etapa de Esperanza Aguirre. Y por aquellos años nació también una pequeña leyenda política: Pecas, el perro de Aguirre, llegó a tener su propia cuenta en Twitter.
Durante mucho tiempo se ha repetido que Ayuso era quien escribía aquellos mensajes. Ella lo ha negado posteriormente y ha explicado que participó en la idea, surgida durante una campaña electoral, pero que no gestionó después aquella cuenta de manera habitual.
No importa demasiado.
Lo interesante es que aquella joven responsable de comunicación entendió muy pronto algo que años después convertiría en una formidable herramienta política:
en política, una frase puede ser mucho más poderosa que una explicación.
En 2011 entró como diputada en la Asamblea de Madrid. Después llegarían responsabilidades dentro del partido y del Gobierno regional, hasta alcanzar en 2019 la presidencia de la Comunidad de Madrid.
Y entonces apareció la palabra que terminaría definiendo buena parte de su carrera política:
libertad.
Comunismo o libertad
En marzo de 2021, cuando Pablo Iglesias anunció que abandonaba la vicepresidencia del Gobierno para presentarse a las elecciones madrileñas, Ayuso encontró el adversario perfecto y también el eslogan perfecto:
«Comunismo o libertad».
Tres palabras.
No hacían falta tratados de economía, historia ni filosofía política.
Tampoco explicar qué tenía exactamente de comunista el programa del Gobierno de España o qué entendía ella por comunismo.
Había que elegir.
Comunismo o libertad.
Y funcionó.
Funcionó extraordinariamente bien.
Ayuso convirtió una palabra que pertenece a todos —libertad— en una marca política propia. La libertad podía ser abrir un negocio, pagar menos impuestos, mantener abierta una terraza durante más horas o incluso vivir en una ciudad suficientemente grande como para cambiar de pareja y no volver a encontrarte con tu ex.
Aquella última explicación la dio ella misma durante la campaña de 2021.
Puede parecer una ocurrencia, pero sería un error despreciarla como tal.
Porque detrás había una estrategia política extraordinariamente eficaz: convertir cuestiones enormemente complejas en imágenes sencillas que cualquiera pudiera comprender y recordar.
Frente a ella estaba el comunismo.
A un lado, una cerveza en una terraza.
Al otro, Venezuela.
El mundo podía explicarse así de fácilmente.
¿Pero qué es el comunismo, señora Ayuso?
Aquí aparece una pregunta que quizá deberíamos haber hecho mucho antes.
¿Qué entiende Isabel Díaz Ayuso por comunismo?
El comunismo es una doctrina política, económica y social con dos siglos de historia, múltiples corrientes y experiencias históricas extraordinariamente diferentes entre sí.
Se puede estar radicalmente en contra de ella.
Se pueden recordar y condenar las dictaduras que gobernaron en su nombre.
Se pueden discutir la propiedad privada, la colectivización, la planificación económica o las consecuencias históricas de los regímenes comunistas.
Pero llamar comunismo a cualquier política situada a la izquierda del Partido Popular no convierte esa política en comunista.
Convierte la palabra en otra cosa.
En un espantapájaros.
Y el espantapájaros continuó creciendo.
En 2022 Ayuso advertía de que España podía encaminarse hacia un «despropósito bolivariano».
En octubre de 2026 ha vuelto a decir que Pedro Sánchez ha «instalado el comunismo en todo».
Otra vez el comunismo.
Otra vez la libertad.
Cinco años después, exactamente el mismo decorado.
La libertad sirve para casi todo
Mientras tanto, la palabra libertad ha ido ampliando sus dominios.
La libertad era poder abrir un comercio.
La libertad era tomarse una caña.
La libertad era elegir colegio.
La libertad era pagar menos impuestos.
La libertad era no encontrarse con un antiguo novio o novia por las calles de Madrid.
Y en 2025 descubrimos una nueva manifestación de la libertad: los toros.
«La libertad es también una tarde en una plaza de toros», afirmó Ayuso.
Uno puede estar a favor de los toros o en contra.
Puede defender impuestos bajos o altos.
Puede preferir una escuela pública, concertada o privada.
Pero quizá convendría preguntarnos cuándo convertimos nuestras preferencias políticas, económicas o culturales en sinónimos de libertad.
Porque si mis ideas son la libertad, las tuyas empiezan inevitablemente a parecerse a la tiranía.
Y ahí comienza el problema.
La libertad de elegir… cuando se puede elegir
Existe además una cuestión que rara vez cabe en los eslóganes.
La libertad también depende de las posibilidades reales de ejercerla.
Un madrileño puede elegir entre esperar una consulta en la sanidad pública o contratar un seguro privado.
Naturalmente.
Siempre que pueda pagarlo.
Madrid tiene competencias sobre su sanidad. Por eso, cuando hablamos de libertad, también deberíamos hablar de atención primaria, médicos disponibles, tiempos de espera y acceso efectivo a especialistas.
Con la vivienda ocurre algo parecido.
Todos somos libres, en teoría, de elegir dónde queremos vivir.
Podemos elegir Vallecas, Colmenar Viejo, Chamberí o junto al Retiro.
Podemos incluso elegir un ático de 485 metros cuadrados y seis baños valorado en más de seis millones de euros.
Siempre que podamos pagarlo.
Precisamente el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, a través de la empresa pública Planifica Madrid, compró en abril de 2026 un ático de 485 metros cuadrados en Chamberí por 6,3 millones de euros.
La operación permaneció fuera del conocimiento público durante meses.
Cuando finalmente trascendió, se explicó inicialmente que serviría como oficina temporal durante unas obras en la Real Casa de Correos. Posteriormente se conocieron documentos en los que se contemplaba también su posible utilización como «alojamiento ocasional» de autoridades.
Ayuso niega que se comprara como residencia oficial para ella.
Pero dejó una frase curiosa al intentar zanjar la polémica:
«No la voy a necesitar a diez meses de unas elecciones».
La frase permite una pregunta inevitable:
¿y después de las elecciones?
Porque quizá ahí descubrimos otra dimensión de esa palabra que tanto utilizamos.
La libertad no es únicamente que la ley nos permita hacer algo.
También importa disponer de los medios para hacerlo.
Quien puede pagar un seguro médico tiene la libertad de escapar de una lista de espera.
Quien dispone de varios millones puede elegir prácticamente cualquier vivienda.
Quien cobra 1.300 euros al mes y destina la mitad a un alquiler también es libre, naturalmente.
Libre de elegir.
Aunque su catálogo de elecciones sea considerablemente más pequeño.
Y eso no es comunismo. Se llama realidad.
De la hipérbole a la sospecha
Hasta aquí podríamos hablar simplemente de retórica política.
Incluso reconocer su eficacia.
Ayuso ha ganado elecciones. Ha conseguido mayorías que cualquier adversario político suyo haría mal en despreciar. Millones de madrileños la han votado y esos votos merecen exactamente el mismo respeto que cualquier otro.
Pero esta semana se ha cruzado una frontera diferente.
Ante las elecciones generales del próximo 29 de noviembre, Isabel Díaz Ayuso ha pedido públicamente que a los ciudadanos «ni se les ocurra votar por correo».
Ha hablado de posibles «trampas».
Ha llegado a utilizar expresiones como «meter la mano en la urna».
Y entonces ya no estamos hablando de una caña, de un exnovio, de impuestos o de toros.
Estamos hablando de la confianza en las elecciones.
Y la pregunta vuelve a ser extraordinariamente sencilla:
¿Qué pruebas tiene?
Si existen pruebas de que alguien pretende manipular el voto por correo, deben presentarse inmediatamente ante los tribunales y ante la Junta Electoral.
Todas.
Sin excepción.
Pero si esas pruebas no existen, sembrar anticipadamente la sospecha sobre un procedimiento electoral tiene consecuencias.
Porque introduce una idea muy peligrosa:
si ganamos, las elecciones funcionan.
Si perdemos, quizá alguien hizo trampas.
Hasta el propio Partido Popular nacional se ha distanciado de esas dudas y ha defendido públicamente que el voto por correo es un procedimiento garantista.
La política del miedo
Hay algo paradójico en todo esto.
Una dirigente que ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la palabra libertad necesita constantemente advertirnos de aquello que amenaza con arrebatárnosla.
Primero era el comunismo.
Después el bolivarianismo.
Después una España supuestamente encaminada hacia modelos autoritarios.
Ahora son las urnas y el voto por correo.
El mecanismo es extraordinariamente eficaz porque el miedo moviliza.
No vote simplemente para que gobierne mi partido.
Vote porque, si gobiernan los otros, puede perder su libertad.
Eso ya no es discutir sobre impuestos, hospitales, vivienda, educación, inmigración o pensiones.
Es convertir al adversario político en una amenaza existencial.
Y cuando el adversario deja de ser alguien que piensa diferente y pasa a ser alguien que amenaza nuestra libertad, resulta mucho más difícil discutir con él.
Solo queda derrotarlo.
También deberíamos hablar de gestión
Existe además otra ventaja en esta política de grandes palabras.
Mientras discutimos sobre comunismo, Venezuela, dictaduras y libertad, podemos dejar de hablar de asuntos bastante menos épicos.
Por ejemplo, de listas de espera.
De atención primaria.
De vivienda.
De educación.
O de lo ocurrido en las residencias madrileñas durante los primeros meses de la pandemia.
Sobre esto último existen investigaciones judiciales y abundante documentación acerca de los protocolos que limitaron determinadas derivaciones hospitalarias.
Eso merece discusión política, judicial e histórica.
Y seguramente necesita bastantes más palabras que un eslogan.
Una alumna aventajada
Sería también injusto presentar este estilo político como una invención exclusivamente suya.
Ayuso creció políticamente junto a Esperanza Aguirre, otra dirigente que comprendió perfectamente el valor de la confrontación ideológica y de la comunicación directa.
Pero la alumna terminó desarrollando su propio método.
Donde antes había argumentarios ahora hay titulares.
Donde había explicaciones aparecen frases de diez segundos.
Y donde había adversarios políticos empiezan a aparecer comunistas, bolivarianos, enemigos de España o personas dispuestas a hacer trampas.
Es comunicación política adaptada perfectamente a nuestro tiempo.
Una frase.
Un vídeo.
Un tuit.
Miles de reproducciones.
Y mañana otra frase.
La libertad más sencilla
Quizá por eso, después de tantos años escuchando hablar de libertad, convendría recuperar una definición mucho menos espectacular.
Libertad es poder pensar diferente.
Libertad es poder criticar al Gobierno.
Libertad es poder criticar a la oposición.
Libertad es votar al Partido Popular, al PSOE, a Vox, a Sumar o a cualquier formación legal.
Libertad es también quedarse en casa el día de las elecciones si uno así lo decide.
Y libertad es poder votar por correo sin que nadie convierta nuestro voto en sospechoso sin aportar una sola prueba.
Isabel Díaz Ayuso comenzó su carrera trabajando en comunicación política.
Lo aprendió bien.
Muy bien.
Quizá demasiado bien.
Porque después de años escuchando aquello de «comunismo o libertad», hemos llegado a un punto curioso:
ahora hasta la forma en la que depositamos libremente nuestro voto parece necesitar la aprobación de quienes llevan años diciéndonos qué significa la libertad.
Quizá el problema nunca fue elegir entre comunismo o libertad.
Quizá el problema empezó cuando aceptamos que alguien eligiera por nosotros el significado de ambas palabras.
Porque la libertad deja de ser libertad cuando alguien pretende apropiarse de su significado.