Hay personas a las que seguimos durante años, escuchamos, leemos y terminamos convirtiendo en referentes. Pero ¿qué ocurre cuando un día comienzan a defender aquello que creíamos que siempre habían combatido? ¿Han cambiado ellos o quizá nunca supimos realmente quiénes eran?
Hay personas a las que seguimos durante años sin conocerlas.
Las escuchamos, las leemos, compartimos muchas de sus ideas y, casi sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en referentes. No porque pensemos exactamente igual que ellas, sino porque creemos reconocer detrás de sus palabras una manera de entender el mundo.
Y un día cambian.
O quizá no cambiaron nunca y fuimos nosotros quienes no supimos verlas.
He pensado en ello estos días al recordar a algunas figuras que durante años ocuparon un lugar importante en la televisión, el periodismo, la cultura o la política española. Personas capaces de despertar nuestra curiosidad y de hacernos mirar más allá de lo evidente.
Y entonces aparece inevitablemente la vieja expresión:
«Cría cuervos y te sacarán los ojos».
Puede parecer excesiva. Probablemente lo sea. Pero expresa bastante bien la decepción que sentimos cuando alguien a quien considerábamos un referente termina defendiendo aquello que durante años creíamos que combatía.
Cambiar de opinión no es traicionar
Conviene dejar algo claro.
Cambiar de opinión es legítimo.
Más aún: debería ser obligatorio cuando descubrimos que estábamos equivocados.
Yo mismo he cambiado de opinión sobre multitud de asuntos a lo largo de mi vida. Sería absurdo pensar exactamente igual después de décadas leyendo, viviendo, equivocándome y aprendiendo.
Pero hay una diferencia entre cambiar una opinión y cambiar los principios sobre los que has construido toda una trayectoria pública.
Y ahí comienzan las preguntas.
¿Qué sucede cuando un político que durante décadas pidió el voto defendiendo unas ideas termina abrazando las contrarias?
¿Qué siente quien le siguió durante treinta años?
¿Qué ocurre cuando un periodista, un intelectual o un comunicador que se convirtió en referente por determinada manera de entender la sociedad acaba instalado precisamente en el extremo opuesto?
Naturalmente, tiene derecho a hacerlo.
Pero quienes le siguieron también tienen derecho a preguntarse por qué.
El peligro de los salvapatrias
España ha tenido demasiados salvapatrias.
De izquierdas y de derechas.
Personas convencidas —o que nos convencieron— de que poseían una verdad que los demás éramos incapaces de comprender.
Algunos alcanzaron poder. Otros dinero. Otros simplemente una enorme influencia.
Y después llegaron las contradicciones.
Por eso cada vez desconfío más de quienes pretenden decirnos constantemente qué debemos pensar.
Prefiero escuchar.
Leer.
Comparar.
Y después decidir.
Desde pequeño me enseñaron una imagen que siempre me ha parecido extraordinaria: la Justicia con los ojos vendados y una balanza en la mano.
Antes de condenar, pesa.
Antes de decidir, compara.
Antes de creer, escucha las dos partes.
Quizá esa sencilla regla serviría también para el periodismo y para la política.
La independencia también tiene un precio
Llevo muchos años relacionado con medios de comunicación locales y he aprendido algo: ser independiente resulta bastante menos rentable que colocarse detrás de una bandera.
La independencia tiene un precio.
A veces económico.
Otras veces social.
Y algunas veces simplemente significa que unos te llamarán de derechas por publicar algo que no les gusta y, al día siguiente, otros te llamarán de izquierdas exactamente por la misma razón.
Quizá sea una buena señal.
No quiero que nadie me diga qué debo publicar dependiendo de quién gobierne.
Quiero poder criticar hoy a uno y mañana al otro.
Porque los principios no deberían depender del color de quien ocupa un despacho.
¿Y el dinero?
Siempre aparece la sospecha del vil metal.
Es demasiado fácil afirmar que alguien cambió por dinero, y sin pruebas sería injusto hacerlo.
Pero también resulta legítimo preguntarse qué provoca algunas transformaciones tan extraordinarias.
¿Dinero?
¿Poder?
¿Reconocimiento?
¿Resentimiento?
¿Una evolución ideológica sincera?
¿O simplemente descubrimos demasiado tarde lo que aquella persona pensaba realmente?
No siempre podremos saberlo.
Y quizá eso sea precisamente lo más inquietante.
Seguir siendo uno mismo
A estas alturas de mi vida no aspiro a tener razón en todo.
Sería bastante estúpido.
Aspiro a algo mucho más sencillo: poder mirar hacia atrás y reconocer al hombre que fui.
Puedo equivocarme mañana sobre economía, política, ciencia o cualquier otra cosa. Y espero tener suficiente inteligencia para rectificar cuando los hechos me demuestren que estaba equivocado.
Pero hay determinadas cosas que no quisiera perder.
La dignidad.
La libertad.
La curiosidad.
El respeto hacia quien piensa diferente.
Y la independencia suficiente para no tener que cambiar mis palabras dependiendo de quién paga, quién manda o quién escucha.
Porque uno puede cambiar muchas veces de opinión durante una vida.
Lo preocupante comienza cuando, después de tantos cambios, un día te miras al espejo y ya no reconoces a la persona que está delante.
Y todavía queda una última pregunta.
Quizá la más incómoda de todas:
cuando nuestros referentes cambian de acera, ¿son ellos quienes han cambiado… o somos nosotros quienes por fin hemos descubierto quiénes eran?