Capítulo V – Juan no está

Historias del 722

El viernes me levanté un poco más tarde de lo habitual. Tenía revisión médica.
La edad no perdona… aunque, pensándolo bien, quizás no tenga nada que ver con la edad. Mi médico de Colmenar —no diré su nombre, pero es bien conocido— lo llama «chequeo médico». Yo prefiero llamarlo la ITV.

La diferencia es que al coche, si le encuentran algún defecto, le cambian la pieza. A nosotros nos dan unas pastillas y nos dicen que volvamos dentro de seis meses.

Y encima tenemos que dar las gracias.

Subí al 722 como tantas otras mañanas. Saludé con un gesto, pasé mi tarjeta y, antes de llegar al primer asiento, noté que algo no encajaba.

Juan no estaba.

En su lugar había un conductor al que no había visto nunca. Un hombre de unos cincuenta años, con el pelo entrecano y esa expresión tranquila de quien lleva media vida recorriendo las mismas carreteras.

Me senté delante, como siempre. No porque fuera el mejor asiento, sino porque desde allí se ve todo: la carretera, los pasajeros que suben y bajan, las caras de quienes corren para alcanzar el autobús y hasta los pequeños gestos de los conductores.

Y porque, para qué negarlo, soy curioso.

Juan llevaba tiempo conduciendo el autobús en el que yo viajaba habitualmente. Habíamos intercambiado saludos, comentarios sobre el tráfico, alguna que otra conversación sobre Colmenar y esos silencios que, cuando se repiten durante meses, también terminan creando cierta amistad.

Los jueves libraba. Eso lo sabía.

Pero hoy era viernes.

Miré al nuevo conductor por el espejo retrovisor. Él me miró también, durante un instante, y sonrió ligeramente.

Yo tenía una pregunta preparada.

Pero no la hice.

En los autobuses hay normas, y una de ellas es no distraer al conductor. Lo sabía cuando tenía veinte años y lo sigo sabiendo ahora, aunque algunas veces la curiosidad tenga más fuerza que la prudencia.

El 722 avanzaba hacia Tres Cantos. En los asientos de atrás, dos estudiantes hablaban de un examen. Una mujer consultaba el teléfono y un muchacho dormía con la cabeza apoyada contra la ventanilla.

Cada uno llevaba su historia.

En una parada, mientras subían varios jóvenes que iban a la Universidad Autónoma, el conductor aprovechó que el vehículo estaba detenido para dirigirse a mí.

—Juan está con su mujer.

Le miré sorprendido.

—¿Cómo?

—Que se ha puesto de parto esta mañana. Me ha tocado cubrirle.

—¡Hombre! ¡Pues vaya noticia!

El conductor sonrió.

—Como te he visto sentado ahí delante, tan pendiente de quién conducía, he imaginado que querías preguntarme por él.

—Pues has acertado. Estaba a punto de hacerlo, pero no quería molestarte.

—No te preocupes. Ahora estamos parados.

—¿Y qué tal ha ido todo?

—Todavía no sé nada. Me han avisado esta mañana para sustituirle. Parece que el niño tenía prisa por llegar al mundo.

—Pues que se prepare Juan. Ahora sí que va a conocer lo que es conducir de noche… pero sin autobús.

Nos reímos.

—Es su primer hijo —añadió—. Imagínate cómo estará.

—Me lo imagino. Aunque seguramente ahora mismo esté más nervioso él que su mujer.

—Eso dicen.

—Y lo peor es que, cuando nazca, todo el mundo preguntará por la madre y por el niño. A él le dirán: «¿Y tú qué tal?». Y antes de que conteste, ya estarán mirando al bebé.

El conductor volvió a reír.

—Veo que tienes experiencia.

—Alguna. Y también sé que los hijos no vienen con manual de instrucciones. Si vinieran, seguramente nadie lo leería hasta que empezaran los problemas.

Terminó de subir el último estudiante. El conductor cerró las puertas y reanudamos la marcha.

Durante unos minutos nos acompañó únicamente el sonido del motor.

Pensé en Juan.

Me había comentado meses atrás que iba a ser padre. Lo recordaba vagamente, como tantas conversaciones que uno guarda en algún rincón de la memoria.

Pero no recordaba cuándo iba a nacer.

Y es que, a mi edad, el año pasado fue ayer.

El tiempo tiene esa mala costumbre de acelerar precisamente cuando más nos gustaría detenerlo.

En el siguiente semáforo, el conductor volvió a hablar.

—Estará una temporada de permiso. Ahora los padres también pueden quedarse en casa con el recién nacido.

—Ya lo sé. Y me parece estupendo. En mis tiempos, esas cosas eran muy distintas.

—¿No había permiso de paternidad?

—¿Permiso? Bastante suerte tenías si el jefe te dejaba salir un poco antes para ir al hospital.

—Han cambiado mucho las cosas.

—Algunas para bien. Otras no tanto. Pero esto, desde luego, para bien.

Miré por la ventanilla.

—Antes, cuando nacía un niño, parecía que la madre tenía que saber hacerlo todo por instinto. Alimentarlo, cuidarlo, pasar las noches sin dormir… Y el padre, al día siguiente, a trabajar.

—Ahora nos toca a todos —respondió.

—Como debe ser. Porque un hijo no es solamente alguien que llega a una casa. Es alguien que te cambia la vida.

El conductor asintió.

—Eso es verdad.

—Y fíjate qué curioso —continué—. Juan lleva años llevando personas de un sitio a otro. Sabe perfectamente dónde empieza y termina cada recorrido. Pero ahora se ha metido en uno en el que no conoce ni las paradas.

—Y sin horario —añadió el conductor.

—¡Ni posibilidad de pedir que se baje el pasajero!

Soltó una carcajada.

Llegábamos a mi destino.

Me levanté cuando el autobús se detuvo y me acerqué a la puerta.

—Bueno, pues cuando veas a Juan, dale la enhorabuena de mi parte.

—Se la daré.

—Y dile que disfrute. Que los niños crecen mucho más deprisa de lo que uno imagina.

—Se lo diré.

—Hasta mañana.

—Mañana no estaré yo. Solo cubro hoy. Tendrás otro conductor.

—Pues vaya. Al final voy a tener que hacer una lista para no confundirme.

Nos despedimos sonriendo.

Bajé del autobús y me quedé unos segundos en la acera, viendo cómo el 722 se alejaba.

Pensé en la cantidad de vidas que pasan cada día por sus asientos. Estudiantes que empiezan a descubrir el mundo, trabajadores que cuentan los años que les faltan para jubilarse, personas que van al médico, jóvenes enamorados, ancianos que viajan solos.

722 Capitulo V Juan no estaTodos con sus preocupaciones, sus ilusiones y sus destinos.

Y pensé en Juan.

Seguramente, en aquel mismo momento, estaría en una habitación de hospital, mirando a una mujer que estaba a punto de traer una nueva vida al mundo.

Quizás nervioso. Quizás emocionado. Quizás sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Y de pronto comprendí algo.

Juan, que tantas veces me había llevado a mi destino, hoy no conducía el 722.

Hoy estaba comenzando un viaje mucho más importante.

Uno sin volante, sin retrovisores y sin paradas establecidas.

Un viaje que duraría toda su vida.

Y mientras caminaba hacia mi consulta médica, pensé que tal vez la verdadera juventud no consiste en tener veinte años, sino en seguir encontrando motivos para ilusionarse con la vida.

Aunque a algunos, de vez en cuando, nos toque pasar la ITV.


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