Una noticia sobre el Nobel de Química, unas moléculas que distinguen entre izquierda y derecha y un recuerdo que llevaba años guardado. Así volvió hoy OMA a mi memoria: mi madre, su corazón al otro lado, una pequeña chapa de plata y una historia que durante décadas creímos cierta.Hoy estaba leyendo la noticia de los Premios Nobel. El de Química, concretamente.
No voy a decir que entiendo mucho del tema, porque no es verdad. He tenido que informarme para comprender, al menos, los titulares: moléculas que pueden ser prácticamente iguales pero que tienen una orientación distinta, como nuestras manos, derecha e izquierda. Una puede funcionar de una manera y su imagen en el espejo, de otra.
Me ha parecido curioso.
Y mientras leía sobre derechas, izquierdas, moléculas y medicamentos, me ha venido a la cabeza mi madre.
OMA.
Mi madre tenía el corazón en el otro lado.
No sé mucho más. Por desgracia, ya no puedo preguntárselo. No sé si también tenía otros órganos colocados de manera diferente ni recuerdo las explicaciones médicas que pudieron darle. Solo sé lo que siempre supimos en casa:
OMA tenía el corazón al otro lado.
Y de una curiosidad he saltado a otra.
Porque durante prácticamente toda su vida hubo otra cosa que todos sabíamos sobre ella: era alérgica a los antibióticos.
Y no era una de esas cosas que uno comenta de pasada.
Era algo serio.
Tan serio que llevaba un papel en el bolsillo advirtiéndolo. Y nosotros le regalamos una gargantilla de plata con una pequeña chapa en la que figuraba aquella alergia. En aquellos años, los 60, 70 y 80, era bastante habitual que las personas con determinadas alergias llevaran alguna identificación por si sufrían un accidente o llegaban inconscientes a un hospital.
Durante décadas vivimos convencidos de aquello.
OMA no podía recibir antibióticos.
Un catarro complicado, una infección, una enfermedad, un dolor, cualquier problema que para otra persona podía resolverse con determinados medicamentos, para ella podía convertirse en días o semanas.
Había que buscar otras soluciones.
Y así fueron pasando los años.
Muchos años.
Hasta que llegó algo mucho más serio.
Tuvieron que operarla de un pulmón. Antes de aquella intervención le hicieron pruebas, análisis y todo lo necesario para una operación de esa importancia.
Y entonces llegó la sorpresa.
Un médico del hospital nos preguntó quién había dicho que mi madre era alérgica a los antibióticos.
—Pues... toda la vida.
Toda la vida.
Resultó que, según aquellas pruebas, no lo era.
No quiero hacer demasiados comentarios sobre aquello. Han pasado muchos años y eran otros tiempos. Tampoco sé exactamente qué pruebas se hicieron entonces, qué ocurrió o quién tomó aquella decisión.
Prefiero dejarlo ahí.
Porque si uno piensa en todos los dolores, enfermedades y semanas de sufrimiento que pudieron haberse evitado durante tantos años...
Mejor dejarlo ahí.
La operación llegó.
Tuvieron que extirparle un pulmón.
Y OMA salió adelante.
Como había salido adelante tantas otras veces.
Como salió adelante después de tener doce hijos.
Como salió adelante mientras aquellos doce hijos crecíamos y llenábamos aquella familia de más gente.
Llegó a conocer a sus treinta nietos.
Y después llegaron los bisnietos. Ya ni siquiera sé cuántos.
OMA siguió allí.
Con su corazón al otro lado.
Con un solo pulmón.
Con aquella vieja historia de los antibióticos que durante tantos años habíamos considerado una verdad absoluta.
Y con una cabeza que siguió funcionando perfectamente hasta el final.
Vivió hasta los 95 años.
Hoy todo esto me ha venido a la memoria simplemente porque tres personas de mi mesa de la biblioteca llevaban media hora desaparecidas y yo me he puesto a leer una noticia sobre el Premio Nobel de Química.
Moléculas.
Derecha.
Izquierda.
Medicamentos.
Y de repente apareció OMA.
Quizá los recuerdos funcionan también así.
Uno cree que están guardados en algún sitio del cerebro, quietos, esperando.
Pero basta una palabra.
Una noticia.
Una molécula.
Una derecha y una izquierda.
Y aparece una pequeña chapa de plata que no recordabas desde hacía años.
Después aparece una mujer.
Y detrás de ella, toda una vida.
Mi madre.
OMA.
La mujer que tenía el corazón al otro lado.
Aunque, pensándolo bien, quizá lo importante nunca fue en qué lado lo tenía.
Lo importante es todo lo que aquel corazón fue capaz de aguantar.
Y el tiempo...
El tiempo es el tiempo.