Crónicas de una tarde en la biblioteca

El rincón

Solo quería aprovechar una tarde tranquila para escribir. Pero una mesa para cuatro, una pareja joven, una amiga y varios pequeños terremotos convirtieron la biblioteca en algo muy distinto.
Una tarde tranquila en la biblioteca
Una mesa para cuatro
La tarde había empezado bien.
Había llegado a la biblioteca, había elegido mi mesa de cuatro y estaba solo. Portátil abierto, papeles, auriculares y esa tranquilidad que necesito para escribir.

Podía haber sido La Caja.
Podía haber sido otra historia del 722.
Podía haber aparecido Bruno, Jana o cualquiera de esos personajes que últimamente viven conmigo más horas de las recomendables.

Durante media hora, silencio.

Hasta que llegó un torbellino.

De neuronas, pensé al principio.

No.

De feromonas.

Una pareja joven se sentó frente a mí. Bueno, pareja, amigos, compañeros de estudios… quién sabe. Están en esa edad maravillosa en la que todavía se puede prometer casi todo.

Ella fue la primera en aterrizar.

Y digo aterrizar porque sentarse sería una descripción demasiado tranquila de lo que ocurrió.

Abrió la mochila y empezó a sacar cosas.

Un cuaderno.

Otro cuaderno.

Folios.

Bolígrafos.

Rotuladores.

Lápices.

Una goma.

El estuche.

Otro estuche.

No sé qué más.

Durante unos segundos pensé que iba a estudiar.

Después pensé que estaba montando una franquicia de Carlin.

La tienda entera se había quedado pequeña comparada con lo que aquella mochila contenía.

Encontrar la hoja que buscaba fue otro espectáculo.

Pasaba las páginas del bloc a una velocidad que ya quisieran las máquinas de contar billetes de los bancos.

Una.

Otra.

Otra.

Otra.

Si Einstein hubiera estado sentado conmigo, habría pedido papel y lápiz para revisar aquello de que nada puede superar la velocidad de la luz.

Por fin encontró la hoja.

Y comenzó a estudiar.

O algo parecido.

Porque enfrente estaba él.

Él también había venido a la biblioteca.

Creo.

Sacó su portátil, lo abrió, colocó una mano sobre el ratón y adoptó esa posición universal del ser humano que pretende demostrar que está haciendo algo.

Pero estudiar, lo que se dice estudiar...

Tengo mis dudas.

Cada cierto tiempo abandona la pantalla, busca con el pie el de ella por debajo de la mesa, ella levanta la mirada, sonrisita, un beso...

Y vuelta a los apuntes.

Él continúa con la mano sobre el ratón.

Aunque, viendo dónde tiene puesta la atención, sospecho que preferiría tener la mano sobre otra cosa.

Yo intento volver a escribir.

Imposible.

Ella escribe.

Pero no escribe como escribimos los demás.

Ataca el papel.

El lápiz se desplaza a una velocidad extraordinaria. De repente se equivoca, coge la goma y empieza a borrar con tal energía que la mesa comienza a vibrar.

No exagero.

He tenido que sujetar el portátil.

Durante unos segundos he temido que terminara en el suelo.

Aquello ya no era una mesa de biblioteca.

Era actividad sísmica.

Cuando parecía que había conseguido acostumbrarme al terremoto, observé que ella colocaba un cuaderno en la silla libre que quedaba a mi izquierda.

Mala señal.

Aquella silla estaba reservada.

Veinte minutos después apareció la reserva.

Una amiga.

Se sentó a mi lado.

Y entonces comprendí que determinadas personas no se hacen amigas por casualidad.

El movimiento era parecido.

Mochila.

Cosas encima de la mesa.

Aquí.

Allí.

Ahora el móvil.

Ahora el portátil.

Ahora otra vez el móvil.

Pero la recién llegada introdujo una modalidad tecnológica que todavía no había aparecido en la mesa.

Internet.

La amiga a mi lado hace scroll a tal velocidad que Safari debe estar pidiendo refrigeración líquida.

Página arriba.

Página abajo.

Otra web.

Otra pestaña.

Otra.

Otra.

No sé qué busca.

Probablemente ella tampoco.

Y aquí estoy.

Una hora después.

La Caja ha desaparecido.

El 722 puede esperar.

Bruno y Jana han decidido prudentemente no presentarse esta tarde.

Y yo estoy escribiendo esto.

Podría levantarme.

Hay mesas libres.

Las estoy viendo.

Podría cerrar el portátil, recoger mis cosas y trasladarme tranquilamente seis metros más allá.

Pero no lo hago.

¿Por qué?

Por educación.

O quizá por vergüenza.

Porque imagino la escena.

Cierro el portátil.

Recojo el cargador.

Los papeles.

Los auriculares.

Me levanto.

Y los tres me miran.

—¿Le habremos molestado?

—Noooo...

—Pues se ha cambiado justo cuando hemos llegado nosotros.

Y entonces descubro la paradoja perfecta.

Ellos probablemente ni siquiera saben que me están molestando y yo no me cambio de mesa para no molestarles haciéndoles saber que me molestan.

Extraordinario.

Quizá ellos no tengan ningún problema de concentración.

Quizá puedan estudiar perfectamente entre un beso, un WhatsApp, una goma de borrar, veinte pestañas abiertas y un pie buscando otro pie debajo de la mesa.

Quizá el problema sea mío.

Quizá pertenezca a una generación que todavía cree que a una biblioteca se viene a estar en silencio.

Aunque miro de nuevo al muchacho que tengo enfrente.

Sigue con una mano sobre el ratón.

Mira la pantalla.

Mira a ella.

Pantalla.

Ella.

Pantalla.

Ella.

Y tengo que rectificar lo anterior.

Sigo teniendo serias dudas de que él haya venido a la biblioteca.

Así que aquí continuaré.

Por educación.

Por vergüenza.

Y porque, pensándolo bien, si me hubiera cambiado de mesa hace una hora, probablemente habría escrito otra página de La Caja.

Pero me habría perdido este artículo.

Y AQUELLA TARDE TODAVÍA NO HABÍA TERMINADO...

Cuando los cuatro estudiantes abandonaron la biblioteca para descansar de tanto ejercicio mental, regresó el silencio. Pero no por mucho tiempo.

Entre pensamientos, recuerdos y alguna que otra reflexión sobre la vida, nació otra historia completamente diferente: «Del corazón al otro lado».

Dos historias, una misma tarde y una biblioteca donde, aparentemente, nunca pasa nada.

Lee también.  OMA: el corazón al otro lado