Treinta años pueden pasar sin que una pregunta encuentre respuesta. Él nunca comprendió por qué la mujer que amaba decidió abandonarlo. El destino quiso que volvieran a encontrarse, pero cuando tuvo la oportunidad de conocer la verdad, algo le impidió preguntar. Hay silencios que duran toda una vida.
—Tenemos que dejarlo.
Él la miró durante unos segundos, esperando que añadiera algo.
No lo hizo.
—¿Cómo que tenemos que dejarlo?
—Eso.
—Eso no significa nada.
Ella bajó la mirada.
Había dos copas sobre la mesa. La de él estaba casi vacía. La de ella seguía intacta.
—Mírame.
Ella no lo hizo.
—Mírame, por favor.
Entonces levantó los ojos.
Estaba llorando.
—¿Hay otro?
Ella tardó demasiado en contestar.
—Sí.
Él apartó la mirada.
No preguntó quién.
No preguntó desde cuándo.
Durante unos segundos no preguntó nada.
—¿Te has acostado con él?
Ella cerró los ojos.
—¿Te has acostado con él?
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad.
—La verdad ya no sirve.
—A mí sí.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No. Porque si te digo la verdad, volverás a querer quedarte.
Él volvió a mirarla.
—¿Qué coño significa eso?
Ella no respondió.
—¿Te has acostado con él o no?
—Lo hice para que me dejaras.
El silencio fue mucho peor que la respuesta.
—¿Qué?
—Necesitaba que me dejaras.
—¿Y para conseguirlo te has acostado con otro?
Ella comenzó a llorar.
—Necesitaba hacerte daño.
Él se levantó.
—Pues lo has conseguido.
—Lo sé.
—¿Eso era lo que querías?
—Sí.
—Pues enhorabuena.
Dio dos pasos hacia la puerta.
—Espera.
Él se volvió.
—¿Para qué?
Ella también se había levantado.
—Porque no quiero que te vayas así.
Él soltó una carcajada amarga.
—¿Cómo quieres que me vaya? ¿Dándote las gracias?
—No.
—Entonces explícame qué coño está pasando.
Ella permaneció en silencio.
—¿Le quieres?
—No.
—¿Vas a irte con él?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque nosotros no podemos seguir juntos.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
—Pues dame otra.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Ella se acercó.
Él retrocedió.
A ella le dolió aquel paso más que cualquiera de las palabras que acababa de escuchar.
—Lo hice porque necesitaba que un día me miraras y ya no quisieras volver.
—Pues lo has hecho de puta madre.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué?
—Me voy.
—¿Con él?
—No.
—¿Entonces?
—Sola.
Él negó con la cabeza.
No entendía nada.
—¿Y todo esto para qué?
—Para que tú puedas continuar.
—¿Continuar qué?
—Tu vida.
Él la miró.
—Mi vida eres tú.
Ella se llevó una mano a la boca.
Y lloró.
Lloró como él nunca la había visto llorar.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque entonces no voy a ser capaz.
—¿Capaz de qué?
—De marcharme.
Él se acercó de nuevo.
Esta vez fue ella quien retrocedió.
—Dime que no me quieres.
Ella negó con la cabeza.
—Dímelo y me voy.
—No puedo.
—Entonces quédate.
—Tampoco puedo.
—¿Por qué?
Ella lloraba.
Pero no respondió.
Él se acercó otra vez.
Ya no había rabia.
Solo cansancio.
Y miedo.
—¿Me quieres?
Ella tardó apenas un segundo.
—Más que a nada.
—Entonces quédate.
—No puedo.
—¿Por qué?
Otra vez aquella pregunta.
Otra vez el silencio.
—Dime qué he hecho.
—Nada.
—¿He dejado de hacerte feliz?
—No.
—¿Te he hecho daño?
—Nunca.
—¿Quieres otra vida?
—No.
—¿Entonces por qué coño tenemos que terminar?
Ella lo miró durante unos segundos.
—Porque hay veces que querer a alguien no es suficiente.
—Eso es una frase de mierda.
A ella se le escapó una sonrisa entre las lágrimas.
—Sí.
—De película mala.
—También.
Él sonrió.
Solo un instante.
Y aquella sonrisa terminó de romperlos.
Se abrazaron.
Al principio con cuidado.
Después con desesperación.
Como si cada uno intentara sujetar al otro para impedir que llegara el día siguiente.
Se besaron.
Lloraron.
Volvieron a besarse.
Y aquella noche hicieron el amor.
No como quien intenta arreglar una relación.
Ni como quien celebra haber recuperado algo.
Lo hicieron como dos personas que saben que están despidiéndose y se niegan a pronunciar la palabra adiós.
Después quedaron abrazados.
—Mañana hablaremos —dijo él.
Ella no respondió.
—Mañana lo arreglaremos.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Duerme.
—Prométeme que mañana estarás aquí.
Ella levantó la cabeza y lo besó.
—Duerme.
Él terminó durmiéndose.
Ella no.
Abrió los ojos antes de que amaneciera.
Durante unos minutos permaneció inmóvil observándolo.
Él dormía con una mano sobre su cintura.
Ella cogió aquella mano y la besó.
Después la apartó muy despacio.
Se levantó.
Se vistió sin encender la luz.
Cogió sus cosas.
Antes de marcharse regresó junto a la cama.
Se sentó a su lado.
Lo miró durante mucho tiempo.
Como si quisiera aprenderse aquel rostro de memoria.
Le acarició el pelo.
Después se inclinó y lo besó en la frente.
—Perdóname.
Él no la oyó.
Ella salió.
Y cerró la puerta sin hacer ruido.
Cuando despertó, pensó que habría bajado a comprar algo.
La llamó.
El teléfono estaba apagado.
Volvió a llamar una hora después.
Y otra.
Y otra.
Al mediodía fue a su casa.
Nadie abrió.
Fue a casa de sus padres.
—No sabemos dónde está.
No les creyó.
Regresó al día siguiente.
Y al siguiente.
Buscó a sus amigos.
A sus compañeros.
Preguntó en la universidad.
Fue a los lugares donde solían encontrarse.
Preguntó incluso en sitios en los que sabía perfectamente que ella no estaría.
Durante semanas llamó a números que dejaron de contestarle.
Durante meses creyó reconocerla por la calle.
Una espalda.
Un abrigo.
Una manera de caminar.
A veces aceleraba el paso.
Nunca era ella.
Había desaparecido.
No de la ciudad.
No de una casa.
Había desaparecido de su vida.
Y lo peor no fue perderla.
Lo peor fue no saber por qué.
Pasaron treinta años.
Treinta.
Él aprendió a vivir sin ella.
Que no significaba haber aprendido a olvidarla.
Tuvo otras relaciones.
Rió.
Viajó.
Trabajó.
Envejeció.
Hubo incluso temporadas enteras en las que creyó que ya no pensaba en ella.
Hasta que una canción, un perfume o una frase cualquiera devolvían aquella madrugada.
Y siempre regresaba la misma pregunta.
¿Por qué?
Treinta años después atravesaba un aeropuerto cuando la vio.
No necesitó verle la cara.
Hay personas a las que reconocemos incluso de espaldas.
Se detuvo.
El corazón comenzó a golpearle como no lo había hecho desde aquella mañana.
Era ella.
El mismo cabello, ahora salpicado de gris.
La misma forma de inclinar ligeramente la cabeza.
Seguía siendo hermosa.
Quiso pronunciar su nombre.
No pudo.
Entonces comenzó a caminar hacia ella.
Primero despacio.
Después más deprisa.
Treinta años.
Treinta años esperando aquel momento.
Quedaban apenas unos metros cuando se detuvo.
No había visto la silla de ruedas.
Ella estaba sentada en ella.
Él permaneció inmóvil entre cientos de personas que caminaban en todas direcciones.
Podía acercarse.
Podía pronunciar su nombre.
Podía preguntarle, por fin:
¿Por qué?
Ella giró ligeramente la cabeza.
Durante un instante creyó que sus miradas iban a encontrarse.
Y ahí, después de treinta años, volvió a tener que decidir.
Acercarse.
O dejarla marchar.
Había pasado treinta años buscando una respuesta.
Cuando por fin la tuvo delante, decidió no hacer la pregunta.
Quizá por miedo a conocerla.
Quizá por miedo a descubrir que llevaba treinta años equivocado.
O quizá porque todavía la amaba.
Nunca lo sabremos.
Ellas sí.
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