La biblioteca donde estudiaban las mochilas

El rincón

En una biblioteca de cuyo nombre no quiero acordarme, los libros permanecían abiertos, las mochilas guardaban las sillas y algunos estudiantes desaparecían durante horas. Entre amores, exámenes y un misterioso avión procedente de Ibiza, nació una historia tan divertida como humana.

Crónicas de una biblioteca de cuyo nombre no quiero acordarme
Ahora que estoy escribiendo una nueva historia de El Caminante, con Bruno y Jana empeñados en complicarme la existencia, suelo aprovechar algunos descansos para observar lo que sucede a mi alrededor, recordar situaciones vividas y dejar que la imaginación haga el resto.

Porque hay historias que uno inventa y otras que la vida le regala. Y algunas son tan disparatadas que, si las escribiera como ficción, probablemente nadie se las creería.

Esta ocurrió hace algunos años, en una biblioteca de cuyo nombre no quiero acordarme.

No porque haya olvidado dónde estaba, sino porque todavía conservo cierto aprecio por mi integridad física y ninguna intención de enfrentarme a una docena de estudiantes armados con mochilas, apuntes y subrayadores.

Aunque, pensándolo bien, quizá debería preocuparme menos. Para reconocerme, primero tendrían que leer algo que no entrara en el examen.

Aquella biblioteca tenía una peculiaridad: los estudiantes acudían puntualmente, colocaban sus libros sobre las mesas, abrían sus ordenadores, preparaban los apuntes, sacaban los bolígrafos de colores y desaparecían.

Sí, desaparecían.

No todos, naturalmente. Había jóvenes que estudiaban de verdad, que permanecían horas concentrados y que apenas levantaban la cabeza de los libros. Pero había otros para quienes la biblioteca parecía tener una función muy diferente.

Los libros permanecían abiertos por la misma página durante horas. Las mochilas custodiaban las sillas. Los ordenadores, encendidos, mostraban documentos que nadie leía.

Mientras tanto, sus propietarios estaban fuera.

Unos tomando café, otros conversando, algunos fumando y otros descubriendo que la química entre dos personas podía resultar bastante más interesante que la química de los exámenes.

A veces me preguntaba si aquellos apuntes avanzarían solos cuando nadie los miraba.

Una de las bibliotecarias, con la que había terminado entablando amistad, me lo resumió un día con una frase memorable:

—Esto no es una biblioteca. Es un club social.

Y tenía razón.

Lo curioso era que aquel lugar tenía una norma muy clara, anunciada en el tablón: cuando una mesa permanecía desocupada durante un tiempo prolongado, el personal podía retirar los objetos para que otra persona utilizara el puesto.

Y no era una amenaza vacía.

En época de exámenes, cuando la biblioteca se llenaba hasta el punto de tener que habilitar otra planta, las bibliotecarias recorrían las salas comprobando qué mesas llevaban demasiado tiempo sin dueño.

Aquello parecía una operación de rescate.

Rescate de sillas, naturalmente.

Porque había estudiantes buscando desesperadamente un lugar donde sentarse, mientras algunas mochilas disfrutaban de un puesto privilegiado junto a la ventana.

Y las mochilas, que yo sepa, todavía no se presentan a los exámenes.

El misterioso vuelo de Ibiza

Un día, aquella misma bibliotecaria me contó una historia que todavía hoy me hace sonreír.

Por lo visto, una mañana apareció un hombre buscando a su hija.

Recorrió la biblioteca de arriba abajo, mirando entre las mesas, asomándose a las salas y preguntando si alguien la había visto.

Nada.

Su hija no aparecía.

Sin embargo, allí estaban sus libros, sus apuntes y su mochila, perfectamente colocados sobre una mesa.

El padre decidió esperar.

Pasó un rato.

Después otro.

Y otro más.

Hasta que, aproximadamente dos horas después, apareció la muchacha acompañada de su novio, conversando tranquilamente, ajena por completo a la sorpresa que la esperaba.

—¡Papá! ¿Qué haces aquí?

—Eso mismo iba a preguntarte yo. ¿De dónde vienes?

—He salido un momento.

—¿Un momento? ¡Llevas dos horas fuera!

La muchacha intentó explicarse, pero su padre no parecía demasiado interesado en las explicaciones.

—Sí, claro. ¡Que venía con retraso el avión de Ibiza!

No sé si aquel día la joven aprendió algo de la asignatura que estaba preparando.

Pero estoy seguro de que recibió una clase intensiva sobre la puntualidad, la responsabilidad y los peligros de dejar la mochila como testigo de una coartada.

Y, desde luego, sobre los vuelos imaginarios.

La asignatura que no estaba en los libros

Con el tiempo comprendí que aquellas escenas tenían también algo entrañable.

Porque sería injusto reducir a todos aquellos jóvenes a sus escapadas, sus conversaciones o sus primeros amores.

Muchos estudiaban de verdad. Algunos preparaban oposiciones, otros exámenes universitarios y otros simplemente intentaban abrirse camino hacia un futuro que nadie les había garantizado.

Pero también tenían veinte años.

Y a los veinte años una mirada puede distraer más que cien páginas de apuntes, una sonrisa puede cambiarte la tarde y un beso puede hacer que dos horas parezcan cinco minutos.

Quizá alguno suspendió un examen por pasar demasiado tiempo fuera.

Quizá otros aprobaron brillantemente.

Y quizá hubo quienes encontraron entre aquellas mesas algo que no buscaban en ningún libro.

No lo sé.

Lo que sí sé es que los años pasan, los exámenes se olvidan y muchas de aquellas pequeñas historias permanecen en la memoria.

Otra biblioteca, otras historias

Hoy escribo en otra biblioteca.

Una biblioteca tranquila, donde puedo concentrarme, escuchar música con mis auriculares y seguir las aventuras de Bruno y Jana sin demasiadas interrupciones.

También hay jóvenes, naturalmente. Conversaciones, alguna risa contenida y miradas que dicen bastante más de lo que cuentan los libros.

Pero aquí puedo trabajar a gusto.

De vez en cuando levanto la mirada del portátil, observo unos segundos lo que sucede a mi alrededor y regreso a la novela.

Aunque no siempre.

Porque hay días en los que una pequeña escena despierta un recuerdo, el recuerdo se convierte en una idea y la idea termina transformándose en una historia.

Como esta.

La biblioteca de las mochilas estudiosasY mientras escribo estas últimas líneas, pienso en aquella antigua biblioteca, en sus mesas ocupadas por estudiantes invisibles, en las bibliotecarias recuperando sillas y en aquel padre que esperó dos horas junto a unos apuntes abandonados.

Nunca supe cuántos de aquellos jóvenes aprobaron sus exámenes.

Pero estoy convencido de que, si los exámenes los hubieran hecho las mochilas, habrían sacado matrícula de honor.

Al fin y al cabo, fueron las únicas que asistieron a todas las horas de estudio.

Aunque, pensándolo bien, quizá los verdaderos estudiantes no estaban dentro de la biblioteca.

Estaban fuera, aprendiendo esa asignatura que nadie enseña y de la que nunca nos examinamos: la vida.