II. El primer contacto
Natalia y Ana ya han conseguido lo que buscaban: acercarse al misterioso hombre de la mesa 3. Una pausa, unas pipas de calabaza y un pequeño calambre bastarán para iniciar la primera conversación. Pero cada respuesta de aquel desconocido parece abrir una pregunta nueva.
Aquella sonrisa duró apenas un segundo.
Después bajó la mirada y comenzó a trabajar.
Como si nada hubiera ocurrido.
Yo intenté hacer lo mismo.
—Natalia.
—¿Qué?
—Nos ha pillado.
—¿Quién?
Ana levantó la cabeza muy despacio.
—¿Quién va a ser? Tu novio.
—No es mi novio.
—Todavía.
Le di una patada por debajo de la mesa.
—¡Ay!
Él levantó la mirada.
Las dos agachamos inmediatamente la cabeza.
—Niñas… —dijo.
Nos quedamos inmóviles.
Era la primera vez que escuchábamos su voz.
—A estudiar. Dejad de chismorrear.
Ana me miró con los ojos abiertos de par en par.
Yo tuve que morderme los labios para no reírme.
—Nos ha llamado niñas —susurró.
—Cállate.
—Me cae bien.
—Ana…
—Y tiene buena voz.
Esta vez fui yo la que tuvo que mirar hacia otro lado.
Él seguía trabajando.
O eso parecía.
Durante casi una hora no ocurrió nada más.
Bueno, nada no.
Ahora estar enfrente de él era diferente.
Desde nuestra antigua mesa podía observarlo sin demasiados problemas. Bastaba levantar la cabeza de vez en cuando.
Ahora no.
Ahora estaba justo delante.
Cada vez que miraba la pantalla de mi portátil podía verlo detrás.
Cada vez que levantaba los ojos, allí estaba.
Y lo peor era no saber cuándo estaba mirando él.
Hasta que llegó la hora.
Su hora.
Cerró ligeramente el portátil.
Cogió el móvil.
Y sacó el pequeño tarro transparente.
Ana me miró.
—Las pipas.
—Ya lo veo.
Se levantó y salió.
Esperamos unos segundos.
—Vamos —dijo Ana.
—¿Adónde?
—Fuera.
—¿Para qué?
—A tomar el aire.
—Tú no necesitas aire.
—Pues ahora sí.
—Ana…
Ya estaba levantándose.
No tuve más remedio que seguirla.
Salimos de la biblioteca.
Él estaba a unos metros, apoyado junto al muro, mirando el móvil mientras comía pipas de calabaza.
Intentamos pasar de largo.
Bueno.
Yo intenté pasar de largo.
Ana disminuyó el paso.
Él levantó la cabeza.
Nos miró.
Después miró el tarro.
Y lo extendió hacia nosotras.
—¿Queréis?
Ana no dudó.
—Sí, gracias.
Metió la mano y cogió unas cuantas.
Yo me quedé quieta.
Él acercó el tarro hacia mí.
—¿Tú no?
—No sé…
—No muerden.
Ana soltó una carcajada.
Cogí unas pocas.
Nuestros dedos estuvieron a punto de rozarse.
O eso creí.
Ana metió otra vez la mano en el tarro.
—¡Ay!
La retiró de golpe.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Me ha dado calambre.
Él sonrió.
—Eso sí.
Ana lo miró.
—¿Cómo que eso sí?
—Que te ha dado calambre.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero yo no te he tocado.
Ana miró su mano.
Después lo miró a él.
—Claro que me has tocado.
—No.
—Sí.
—No.
—Pero si lo he notado.
Él cerró el tarro tranquilamente.
—Notar algo no significa que haya ocurrido como tú crees.
Ana me miró.
Yo me encogí de hombros.
—¿Y cómo ha ocurrido entonces?
Él levantó una mano.
—Pon la tuya.
Ana dudó.
—¿Cómo?
—La mano. Ponla delante de la mía.
Ana levantó la mano.
Él acercó la suya muy despacio hasta que las palmas parecieron tocarse.
—¿Notas mi mano?
—Claro.
—Pues técnicamente nuestros átomos no se están tocando.
Ana bajó la mano.
—¿Cómo que no?
—Los electrones de los átomos de tu mano y los de la mía se repelen. Lo que tú interpretas como contacto es, en realidad, la interacción de fuerzas electromagnéticas.
Silencio.
Ana me miró.
Yo lo miré a él.
Él cogió otra pipa.
—O sea —dijo Ana—, que ahora mismo no te he tocado.
—Exacto.
—Pero he notado tu mano.
—Tu cerebro dice que me has tocado.
—¿Y mi cerebro miente?
Él sonrió.
—Constantemente.
Aquello ya no era una conversación sobre pipas.
Y no sé por qué, pero tuve la sensación de que él tampoco estaba hablando únicamente de física.
Natalia, di algo.
Cualquier cosa.
Llevabas días queriendo hablar con este hombre.
Pues habla.
—Cuánta gente hay hoy en la biblioteca, ¿verdad?
Ana giró lentamente la cabeza hacia mí.
Nunca olvidaré aquella mirada.
—¿En serio, Natalia?
—¿Qué?
—Llevas una semana investigando a este hombre y cuando consigues hablar con él le dices que cuánta gente hay en la biblioteca.
Él soltó una carcajada.
Yo quería desaparecer.
—No llevo una semana investigándolo.
Ana lo miró.
—Lleva más.
—¡Ana!
Él seguía sonriendo.
—Ya me había dado cuenta.
Ahora fui yo quien dejó de sonreír.
—¿De qué?
—De que me observabas.
Sentí cómo me subía el calor por la cara.
—Yo no…
—Natalia —dijo Ana—, por favor.
Él cogió otra pipa.
—No pasa nada.
—Es que…
No sabía cómo terminar la frase.
—Tenía curiosidad.
—La curiosidad es buena.
—Depende —dijo Ana.
Él asintió.
—Depende.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces me atreví.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—También nos observas.
Me sostuvo la mirada.
La misma mirada de todos aquellos días.
Pero ahora estaba a menos de un metro.
—Sí.
No esperaba una respuesta tan directa.
—¿Por qué?
Miró hacia el interior de la biblioteca.
Después a Ana.
Y finalmente a mí.
—Porque las cosas casi nunca son lo que parecen.
—Eso no es una respuesta —dije.
—No.
Miró el reloj.
—Pero ya llevamos dieciséis minutos.
Ana frunció el ceño.
—¿Y?
Él guardó el tarro en el bolsillo.
—Mi pausa suele durar quince.
Comenzó a caminar hacia la entrada.
Nosotras nos quedamos quietas.
Antes de entrar se volvió.
—Y, por cierto…
Esperamos.
—Hoy os habéis sentado en mi sitio.
—¿En tu sitio? —preguntó Ana—. Tu mesa está allí.
Sonrió.
—No hablaba de la mesa.
Y entró en la biblioteca.
Ana y yo permanecimos en silencio.
Cinco segundos.
Diez.
Hasta que Ana se volvió hacia mí.
—Natalia.
—¿Qué?
—Este tío es todavía más raro de lo que pensábamos.
Miré a través del cristal.
Ya estaba sentado.
Portátil abierto.
Cuaderno a un lado.
Tres bolígrafos.
Y trabajando como si nada hubiera ocurrido.
—Sí —dije.
Pero yo ya no estaba tan segura de querer descubrir quién era.
Lo que quería saber ahora era algo mucho más sencillo.
Qué había querido decir con aquello de:
«Hoy os habéis sentado en mi sitio.»
Continuará…
Natalia y Ana ya han conseguido lo que buscaban: hablar con el misterioso hombre de la mesa 3. El problema es que cada respuesta parece abrir una pregunta nueva.
Y ahora saben algo más inquietante todavía.
Mientras ellas lo observaban a él…
él también las estaba observando a ellas.