Todos los días llega a la misma hora, ocupa la misma mesa y repite exactamente la misma rutina. Natalia lleva tiempo observándolo. Él también parece observarla a ella. Pero cuando Natalia y Ana deciden cambiar de sitio para comprobar qué ocurre, una pequeña sonrisa convierte la curiosidad en una pregunta mucho más inquietante: ¿quién está observando realmente a quién?
El hombre de la mesa 3
Todos los días llega a la misma hora.
No aproximadamente. No unos minutos antes o después.
A la misma hora.
Y siempre ocupa el mismo sitio: mesa 3, derecha 2, junto a la ventana.
No sé cuándo empecé a fijarme en él. Supongo que cuando alguien repite exactamente los mismos movimientos durante demasiados días termina formando parte de tu rutina, aunque jamás hayas cruzado una palabra con él.
Llega, deja la mochila en el suelo y saca las cosas siempre en el mismo orden: el portátil, un cuaderno y tres bolígrafos.
Tres.
Siempre tres.
Se pone los auriculares.
No sé para qué quiere tantos porque apenas escribe en el cuaderno. Lo suyo es el ordenador. Puede pasarse horas mirando la pantalla y tecleando sin apenas detenerse.
Tampoco se levanta mucho.
Nosotras sí.
Que si un café, que si vamos al baño, que si acompáñame fuera un momento, que si has visto al chico nuevo de la mesa del fondo…
Él no.
Él viene a trabajar.
Y trabaja.
De vez en cuando deja de escribir y levanta la mirada.
Eso también lo hace siempre igual.
Mira lentamente alrededor de la sala, como si comprobara que todos seguimos allí, y él también. Algunas veces una de las lámparas le impide ver bien a alguien y entonces inclina el cuerpo o hace el gesto de levantarse ligeramente hasta localizarlo.
Después continúa.
Uno.
Otro.
Otro.
Hasta llegar a mí.
Conmigo tarda más.
No sé por qué.
Me mira directamente a los ojos durante unos segundos. No es una mirada desagradable. Tampoco intimidatoria. Ni siquiera podría decir que me incomoda.
Bueno…
Sí me incomoda.
Pero de otra manera.
Porque llega un momento en que soy yo la que aparta la mirada.
Debe de tener más de cincuenta. Cuántos más, no sabría decirlo. Hay personas a las que resulta difícil ponerles edad. Él es una de ellas. Y es atractivo, no voy a negarlo. Podría valer perfectamente para…
Bueno.
Eso es otro cantar.
Viste joven. Vaqueros, normalmente Pepe Jeans, zapatos de la misma marca, camisas o polos sencillos. Alguna vez lo he visto llegar mucho más arreglado y reconozco que entonces Ana y yo hemos hecho algún comentario.
Pero a lo que iba.
Todos los días, también a la misma hora, hace su única pausa.
Cierra un poco el portátil, coge el móvil y un pequeño tarro transparente y sale de la biblioteca.
Ya sé lo que lleva dentro.
Pipas de calabaza.
Da un paseo por fuera, sin abandonar realmente el recinto. Quince minutos. A veces dieciséis.
Nunca mucho más.
Después vuelve a la mesa 3, derecha 2, abre de nuevo el portátil y continúa trabajando hasta casi la hora de cierre.
—Este tío es rarísimo —me dijo Ana un día.
—O nosotras perdemos demasiado el tiempo.
—Habla por ti.
Nos reímos.
Pero yo seguí mirándolo.
Y cuanto más lo observaba, más curiosidad sentía.
Un día se lo propuse a Ana.
—Mañana nos sentamos enfrente de él.
Dejó de escribir y me miró.
—¿Enfrente?
—Sí. En la mesa de enfrente.
—Natalia, si ya dices que te mira desde allí, como te pongas delante se va a pasar la tarde mirándote.
—Precisamente.
—Ah… —sonrió—. Ya entiendo.
—¿Qué entiendes?
—Que tú lo que quieres es que te mire más.
—No seas tonta. Quiero ver qué hace.
—Sí, sí. Ver qué hace.
—Ana…
—Y si después hace algo, pues mejor.
Le di un golpe con el bolígrafo.
—Idiota.
Intenté volver a mis apuntes, pero ella seguía sonriendo.
—Además —dije—, quiero comprobar una cosa.
—¿Cuál?
Miré hacia la mesa 3.
Él seguía escribiendo.
—Siempre hace lo mismo. Llega a la misma hora, se sienta en el mismo sitio, coloca todo igual, mira a las mismas personas…
—Y después te mira a ti.
—Eso es. Quiero saber qué pasa si mañana no estamos aquí.
Ana volvió la cabeza hacia él.
—¿Crees que nos buscará?
—No lo sé.
—Natalia, hemos venido a estudiar.
—Mira quién habla.
—Vale. Mañana venimos antes.
—¿Entonces?
—Entonces nos sentamos enfrente del cincuentón de las pipas.
—Cincuenta y tantos.
—Ya veo que lo tienes estudiado.
No pude evitar reírme.
—Y es atractivo.
—¡Ajá!
—He dicho atractivo.
—Claro.
—Aunque para un revolcón…
Ana abrió los ojos.
—¡Natalia!
—¿Qué?
Las dos tuvimos que taparnos la boca para no reírnos demasiado fuerte.
Entonces levanté la mirada.
Él nos estaba mirando.
Pero esta vez no miraba a Ana.
Me miraba a mí.
Fijamente.
Y juraría que estaba sonriendo.
Al día siguiente
Llegamos veinticinco minutos antes.
La mesa estaba libre.
—Ahí la tienes —dijo Ana—. Primera fila para tu novio.
—Como sigas así te vuelves a nuestra mesa.
Nos sentamos justo enfrente de su sitio.
Yo ocupé la silla que quedaba directamente frente a la suya. Ana se colocó a mi derecha.
—Ahora a estudiar —dije.
—Por supuesto.
Sacamos los apuntes.
Durante los primeros diez minutos estudiamos de verdad.
Durante los siguientes cinco fingimos que estudiábamos.
Y a partir de ahí las dos empezamos a mirar el reloj.
Faltaban tres minutos para su hora.
—Natalia.
—¿Qué?
—Estoy nerviosa.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Dos minutos.
La puerta de la biblioteca se abrió varias veces.
Una mujer con un niño.
Un hombre mayor.
Dos estudiantes.
Ninguno era él.
Quedaba un minuto.
Miré hacia la entrada.
—No mires tanto —susurró Ana.
—Estoy mirando el reloj.
—Sí. El reloj está justo en la puerta, claro.
Llegó la hora.
Y apareció.
La misma mochila.
Los mismos vaqueros.
El mismo paso tranquilo.
Entró en la sala sin mirar hacia nosotros y caminó directamente hacia la mesa 3, derecha 2.
Ana bajó inmediatamente la cabeza.
Yo no.
Quería verlo.
Llegó hasta su silla.
Dejó la mochila en el suelo.
Y entonces se dio cuenta.
Nosotras no estábamos donde siempre.
Por primera vez desde que lo conocía, algo había cambiado en su rutina.
Levantó la cabeza.
Miró hacia nuestra mesa habitual.
Vacía.
Después recorrió lentamente la sala.
Hasta encontrarnos.
Ana fingía leer.
Yo seguía mirándolo.
Nuestros ojos se encontraron.
Esperé alguna reacción.
Sorpresa.
Incomodidad.
Una sonrisa.
Cualquier cosa.
Pero no hizo nada.
Se sentó.
Abrió la mochila.
Sacó el portátil.
Después el cuaderno.
Y finalmente los tres bolígrafos.
Los colocó exactamente como todos los días.
Solo entonces levantó de nuevo la mirada.
Directamente hacia mí.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
Como si el cambio de sitio no le hubiera sorprendido en absoluto.
Como si, de alguna manera, ya supiera que hoy íbamos a sentarnos allí.
Continuará…
Natalia y Ana solo querían descubrir qué escondía el extraño hombre de la mesa 3. Pero quizá han conseguido justamente lo contrario: que él se fije todavía más en ellas.
No te pierdas el próximo capítulo de El hombre de la mesa 3.