La mujer del pañuelo rojo (1)

El banco del tiempo

Una mujer llega al camino de los Remedios con un pañuelo rojo, un viejo cuaderno y un recuerdo que lleva décadas persiguiéndola. Dark la observa sentarse. Entonces comienza a sonar una música que nadie más puede escuchar… y el banco parece despertar.

Ese día, alguien más se sentó en el banco.

No era domingo ni festivo, pero el camino hacia los Remedios tenía ese aire de tarde antigua.

Como si la vida caminara más despacio.

Dark ya estaba allí.

La vio acercarse desde lejos, pero no hizo ningún gesto.

La mujer caminaba despacio. Llevaba un abrigo claro, un pequeño bolso colgado del hombro y un pañuelo rojo al cuello con el que el viento jugueteaba sin permiso.

Cuando llegó al banco miró a Dark.

—¿Está ocupado?

Dark negó con la cabeza.

La mujer se sentó con delicadeza.

No como quien descansa.

Sino como quien espera.

Sacó del bolso un pequeño cuaderno de tapas negras, lo dejó sobre su regazo y cerró los ojos.

Dark no preguntó nada.

Había aprendido hacía mucho tiempo que las historias importantes comienzan cuando uno deja de hacer preguntas.

La mujer permaneció inmóvil.

Y entonces escuchó la música.

No sonaba en la colina.

Sonaba dentro de ella.

Viejas canciones, como las que ponía su padre en casa cuando tenía apenas nueve años y bailaban juntos en la cocina mientras su madre freía patatas.

Durante unos segundos volvió a estar allí.

Nueve años.

La cocina.

El olor del aceite.

Su madre protestando porque padre e hija estorbaban delante de los fogones.

Y aquella música.

Abrió los ojos.

El camino de los Remedios había desaparecido.

Ante ella estaba la cocina.

Su padre extendía una mano.

—Vamos.

La niña se echó a reír.

—Mamá se va a enfadar.

—Pues que se enfade.

Y comenzaron a bailar.

La mujer cerró los ojos con fuerza.

Cuando volvió a abrirlos estaba otra vez sentada en el banco.

Dark continuaba a su lado.

—¿Lo has visto? —preguntó él.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Cómo sabes...?

Dark volvió la mirada hacia el valle.

—Yo no sé nada.

La mujer apretó el cuaderno contra sus piernas.

Entonces ocurrió.

El banco respiró.

Sí.

Respiró.

Como si despertara de un sueño que hubiera durado muchos años.

Los árboles quedaron inmóviles.

Ni una hoja se movió.

Ni un pájaro cantó.

Y la mujer comprendió algo imposible:

el banco no la sostenía.

La estaba escuchando.

Por primera vez en décadas susurró:

—Te sigo buscando, papá...

Dark bajó la mirada.

El cuaderno tembló sobre las piernas de la mujer.

Una hoja se desprendió.

Cayó lentamente sobre la tierra húmeda.

Ella se agachó para recogerla.

Era una página de su propio cuaderno.

Pero aquellas palabras no las había escrito ella.

Leyó:

**«Mujer del pañuelo rojo:
a quien buscas ya estuvo aquí.

También se sentó en este banco.

También esperó.

Vuelve mañana.

Quizá entonces puedas ver su sombra.

La música todavía recuerda el camino.»**

La mujer levantó la cabeza.

—¿Has escrito tú esto?

Dark miró la hoja.

Después la miró a ella.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Dark pasó lentamente la mano por la vieja madera del banco.

—Pregúntaselo mañana.

Ella guardó la hoja en el cuaderno.

Se levantó.

Dio unos pasos y se detuvo.

—¿Estará aquí?

Dark sonrió.

—¿Quién?

La mujer no respondió.

Continuó caminando.

Banco del Tiempo 1El pañuelo rojo volvió a agitarse con el viento hasta que desapareció entre los árboles.

Dark permaneció sentado.

Esperó unos segundos.

Después miró el lugar que la mujer acababa de abandonar.

Sobre la madera había algo.

Una fotografía antigua.

La tomó entre sus dedos.

Una niña de unos nueve años bailaba en una cocina con un hombre joven.

En el reverso había una fecha.

Dark la leyó.

Y por primera vez aquella tarde dejó de sonreír.

La fotografía estaba fechada...

mañana.