El Banco del Tiempo — Prólogo

El banco del tiempo

Hay un viejo banco de madera junto al camino de la ermita de los Remedios. Algunos pasan de largo. Otros se sientan unos minutos. Pero cuentan que, para ciertas personas, basta con ocupar aquel banco para que el tiempo deje de comportarse como debería. Y allí, esperando, siempre parece estar Dark.

Hay un banco de madera en el camino que lleva a la ermita.

No tiene placa.
No tiene nombre.
Ni siquiera tiene siempre la misma sombra.

Pero guarda más historias que cualquier monumento.

Algunos se sientan a descansar.
Otros, simplemente, a mirar el valle.

La mayoría pasa de largo.

Pero unos pocos...

los que llegan en el momento exacto,
con el alma abierta
y el corazón sin prisa,

se sientan… y el tiempo se detiene.

Dicen que una vez alguien lo hizo.

Cerró los ojos apenas un instante y, cuando volvió a abrirlos, había pasado un siglo.

O quizá no había pasado ni un segundo.

Vio a los que fueron.
Vio a algunos que todavía no habían nacido.
Escuchó el eco lejano de una guerra y, al mismo tiempo, la risa de un niño que aún tardaría muchos años en llegar al mundo.

Cuando quiso levantarse, descubrió que había alguien sentado a su lado.

Un hombre.

No supo decir qué edad tenía.

Podían ser cuarenta años.

O sesenta.

O ninguno.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó.

El hombre miró hacia el camino.

—¿Desde cuándo?

Aquella respuesta no tenía ningún sentido.

Y, sin embargo, por alguna razón, el muchacho la entendió.

El hombre se llamaba Dark.

O al menos así acabarían llamándolo.

Nadie sabía cuándo había llegado al banco.

Nadie le había visto marcharse.

Y nadie podía asegurar que estuviera allí todos los días.

Pero cuando alguien necesitaba sentarse...

Dark estaba.

Era un día cualquiera.

De cualquier mes.

O de ningún año.

Porque en el Banco del Tiempo esas cosas tienen poca importancia.

Todo comenzó aquel día.

O quizá terminó.

O quizá no ocurrió nada.

Salvo que ocurrió todo.

Pasó por el camino un muchacho de mediana edad.

Aunque, pensándolo bien, también podría haber sido de la Edad Media.

Con este banco nunca se sabe.

Pero pasó.

Eso sí.

Creo.

Dejemos los quizás.

Ya filosofaremos después.

El muchacho se sentó en el viejo banco de madera junto al camino de la ermita.

Pasaron a su lado caminantes.

Unos subían.
Otros bajaban.

Algunos hablaban.

Otros caminaban mirando al suelo, encerrados en pensamientos que parecían pesar más que ellos mismos.

Nadie prestó demasiada atención al hombre sentado en el banco.

Ni al otro hombre que estaba a su lado.

Dark permanecía en silencio.

El muchacho miró hacia el valle.

—Bonito sitio.

Dark no respondió.

—¿Vienes mucho por aquí?

Silencio.

El muchacho sonrió.

—No eres muy hablador.

Entonces Dark volvió lentamente la cabeza.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que tengas que contarme.

El muchacho dejó de sonreír.

Porque él no había ido allí para contar nada.

Al menos eso creía.

Permaneció sentado unos minutos.

Que pudieron ser horas.

O siglos.

Para él apenas fueron un respiro.

Y entonces recordó algo.

Algo que llevaba muchos años intentando olvidar.

Comenzó a hablar.

Dark escuchó.

No preguntó.

No juzgó.

Simplemente escuchó.

Cuando terminó, el muchacho se levantó.

Parecía diferente.

Quizá más viejo.

Quizá más joven.

Antes de marcharse miró a Dark.

—¿Volveremos a vernos?

Dark observó el camino.

—Ya nos hemos visto.

El muchacho quiso preguntarle qué significaba aquello.

Pero decidió no hacerlo.

Continuó caminando hacia la ermita.

Y desapareció entre los árboles.

Después llegó otra persona.

Y otra.

Y otra.

Hombres.
Mujeres.
Ancianos.
Niños.

Personas cansadas.

Personas enamoradas.

Personas que habían perdido algo.

Personas que todavía no sabían que estaban a punto de encontrarlo.

Cada una se sentó durante unos minutos.

Y cada una dejó allí una historia.

Un recuerdo.

Una confesión.

Una pregunta.

A veces incluso un silencio.

Dark las escuchó todas.

Y el banco también.

Porque los bancos tienen memoria.

Solo que nosotros nunca hemos aprendido a escucharla.

Desde entonces, dicen que algunas noches, cuando el camino de los Remedios queda vacío y el viento mueve las ramas de los árboles, pueden escucharse voces alrededor de aquel viejo banco.

Voces de ayer.

Voces de mañana.

Y alguna que todavía no pertenece a ningún tiempo.

Quizá sean recuerdos.

Banco PrologoQuizá sean historias.

O quizá el tiempo tenga grietas por las que se escapan las vidas.

No lo sé.

Pero si algún día pasas por allí y ves a un hombre sentado solo en aquel banco...

no tengas miedo.

Siéntate.

No hace falta que le preguntes quién es.

Él tampoco te preguntará quién eres.

Espera.

Mira el valle.

Deja pasar unos segundos.

Y cuando Dark te diga:

—Cuéntame...

hazlo.

Porque en El Banco del Tiempo nadie llega por casualidad.

Y cada vez que alguien se sienta...

una historia comienza.