La carta que no era suya (2)

El banco del tiempo

Una joven llega al Banco del Tiempo llevando una carta que encontró semanas atrás. No tiene fecha, sello ni remitente. Solo una extraña frase: «A quien la encuentre, aunque no sea para ti». Cuando finalmente decide abrirla, descubre que alguien escribió sobre su vida muchos años antes de que ella naciera.

Ese día llegó una joven.

Quizá demasiado joven para llevar encima el peso que llevaba.

Caminaba con paso firme, pero con los hombros hundidos, como si los recuerdos pesaran más que la mochila que colgaba de uno de ellos.

Dark estaba sentado en el banco.

Como siempre.

O como casi siempre.

Porque nadie sabía realmente cuándo llegaba.

La joven se detuvo frente a él.

—¿Puedo?

Dark hizo un pequeño gesto con la cabeza.

Ella se sentó.

Durante unos minutos ninguno de los dos habló.

La joven contempló el valle.

Después dejó la mochila sobre sus piernas, abrió lentamente la cremallera y sacó un sobre.

Era viejo.

El papel había adquirido ese color amarillento de las cosas que han sobrevivido demasiado tiempo.

No tenía sello.

Ni remite.

Ni fecha.

Solo una frase escrita a mano con una caligrafía que parecía pertenecer a otra época:

«A quien la encuentre, aunque no sea para ti.»

Dark miró el sobre.

Después miró a la muchacha.

No dijo nada.

—No es mía —dijo ella.

Silencio.

—La encontré hace tres semanas.

Dark siguió mirando hacia el camino.

—Desde entonces la llevo conmigo.

—¿La has leído?

La muchacha negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que no es tuya?

Ella estuvo a punto de responder.

Pero no encontró respuesta.

Volvió a mirar el sobre.

—Porque nadie me escribe cartas.

Dark sonrió ligeramente.

—Eso no significa que nadie te las escribiera.

La joven lo miró.

—No es lo mismo.

—Depende del tiempo.

Ella no entendió aquella respuesta.

Pero tampoco preguntó.

Sostuvo el sobre entre las manos durante un rato.

—Hay algo raro.

—¿Qué?

—Todos los días pienso en tirarla.

—¿Y?

—Todos los días vuelvo a guardarla.

El banco crujió.

Los dos bajaron la mirada.

No había viento.

Dark pasó una mano por la vieja madera.

—Parece que él tampoco quiere que la tires.

La muchacha sonrió.

—¿Hablas con los bancos?

—Solo con los que tienen algo que decir.

Ella soltó una pequeña carcajada.

La primera, quizá, en mucho tiempo.

Después deslizó lentamente un dedo por el borde del sobre.

Lo abrió.

Dentro había una única hoja doblada tres veces.

Tinta azul.

Algunas manchas.

Y una letra antigua.

La joven comenzó a leer.

Dark apartó la mirada.

Aquellas palabras no eran para él.

Durante unos minutos solo se escuchó el viento entre los árboles.

Los labios de la muchacha se movían lentamente mientras avanzaba por las líneas.

Entonces se detuvo.

Volvió hacia atrás.

Leyó otra vez.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Dark permaneció en silencio.

Ella llegó al final.

Bajó la carta.

—No puede ser.

Dark esperó.

—¿Qué ocurre?

La muchacha tardó en responder.

—Esto es para mí.

Miró de nuevo la primera línea.

—Pero no puede ser para mí.

—¿Por qué?

—Porque esta carta...

Se detuvo.

Miró a Dark.

—...fue escrita hace ochenta y siete años.

Dark no pareció sorprendido.

—Eso es bastante tiempo.

—La persona que la escribió murió antes de que yo naciera.

—También ocurre.

La joven negó con la cabeza.

—No lo entiendes.

—Probablemente no.

Ella apretó la hoja entre los dedos.

—Describe mi casa.

Dark la miró.

—Describe mi habitación.

Silencio.

—Habla de una pequeña marca en la pared que hice cuando tenía siete años.

Ahora Dark dejó de mirar el camino.

—¿Qué más dice?

La muchacha tragó saliva.

—Que algún día encontraría esta carta.

Volvió a leer las últimas líneas.

—Y que cuando lo hiciera...

Su voz se quebró.

Dark esperó.

—...dejara de sentirme culpable.

La muchacha cerró los ojos.

Una lágrima cayó sobre el papel.

—Esto es para mí —susurró—. Aunque no lo sea.

Dark inclinó ligeramente la cabeza.

—A veces las cartas que no son para nosotros son las únicas que necesitamos leer.

Ella dobló cuidadosamente la hoja.

La guardó en el sobre.

Después se inclinó y lo dejó debajo del banco, junto a una piedra.

Dark la observó.

—¿No te la llevas?

La joven negó con la cabeza.

—Creo que ya no es mía.

Dark sonrió.

—Ahora sí lo has entendido.

Ella se levantó.

Se colocó la mochila sobre el hombro y miró una última vez el banco.

—Gracias.

—Yo no he hecho nada.

—Precisamente.

La joven comenzó a caminar.

A los pocos metros se volvió.

—¿Qué harás con la carta?

Dark miró el sobre bajo el banco.

—Esperar.

—¿A quién?

—Al siguiente.

Banco del tiepo La CartaLa joven sonrió y continuó caminando hasta desaparecer entre los árboles.

Dark permaneció solo.

Pasaron unos minutos.

Entonces se agachó.

Sacó el sobre.

Lo sostuvo entre las manos.

Había algo diferente.

La frase escrita en el exterior había desaparecido.

Ahora había otra.

Dark la leyó.

«Para Dark.
Aunque todavía no la hayas escrito.»

Dark permaneció inmóvil.

Por primera vez en mucho tiempo dudó antes de abrir una carta.

Finalmente decidió no hacerlo.

La dejó otra vez debajo del banco.

Junto a la piedra.

Porque empezaba a comprender algo.

Aquella carta todavía no había terminado su viaje.

Y quizá...

tampoco había sido escrita todavía.