Conversaciones con Anita
Estoy en la biblioteca.
Como otras veces, antes de comenzar escribo unas líneas en mi bloc. Es una especie de bitácora. Una forma de dejar constancia no solo de lo que pienso, sino de dónde estaba cuando apareció una de esas preguntas que luego no me dejan tranquilo.
Hoy venía de escuchar varias veces a Javier Santaolalla.
Hablaba de las enormes distancias del universo, de los límites que impone la velocidad de la luz, de galaxias que se alejan de nosotros y de lugares a los que quizá jamás podamos llegar.
Después llegó el Sol.
Nuestro Sol también tiene fecha de caducidad.
Mucho antes de convertirse en gigante roja, su luminosidad irá aumentando. Dentro de aproximadamente mil millones de años, las condiciones de la Tierra podrían haber cambiado hasta hacer imposible la vida tal y como la conocemos.
Se lo dije a Anita:
—Entonces, si lo piensas un poco, es para cerrar el portátil, salir a pasear y que el Sol salga por Antequera.
Se rio.
Pero después me dijo algo que se quedó dando vueltas en mi cabeza:
—Precisamente porque todo parece tener fecha de caducidad, adquiere valor este instante.
Fecha de caducidad.
Como los yogures.
Me hizo gracia pensarlo, pero inmediatamente dejó de hacérmela.
Una hormiga.
Un ser humano.
Una civilización.
La Tierra.
El Sol.
Las estrellas.
Las galaxias.
Quizá incluso el propio universo.
La muerte siempre está detrás, esperando.
—Pero ¿por qué? —le pregunté—. Esa es la cuestión. ¿Por qué tiene que haber fecha de caducidad?
Anita respondió:
—La física puede explicarnos muchas veces cómo ocurre. Pero explicar el mecanismo no significa necesariamente responder al porqué.
Sabemos cómo envejecen las estrellas. Sabemos que consumen su combustible, que se transforman y que finalmente dejan de ser aquello que fueron.
Sabemos que los organismos envejecen.
Conocemos la entropía y esa extraña dirección que parece tener el tiempo: pasado, presente, futuro.
Pero yo seguía viendo el mismo problema.
—Entiendo que vivir eternamente sin cambios quizá no tendría sentido. Pero ¿por qué el cambio tiene que terminar en muerte? Podemos cambiar y seguir existiendo.
Entonces Anita lanzó una frase sencilla:
—Cambio no significa muerte.
Y ahí nos detuvimos.
Porque podríamos imaginar un ser humano cambiando durante miles de años.
Una civilización abandonando un planeta cuando este dejara de ser habitable y continuando en otro.
Una humanidad viajando de estrella en estrella.
¿Por qué no alimentar estrellas, construir otras fuentes de energía o viajar de mundo en mundo?
¿Por qué la transformación tiene que acabar necesariamente en desaparición?
Quizá el gran proyecto de una inteligencia suficientemente avanzada no sea conquistar planetas.
Quizá sea combatir las fechas de caducidad.
Primero la nuestra.
Después la de nuestra especie.
Después la de nuestro planeta.
Después la de nuestra estrella.
Y algún día, si llegamos tan lejos, preguntarnos si también puede combatirse la del propio universo.
—Hay que superar la muerte para todo —le dije.
Anita hizo una pequeña corrección:
—Yo empezaría por otra pregunta: ¿sabemos realmente que la muerte de todo es inevitable?
No.
No lo sabemos.
Seguramente hoy ni siquiera sabemos formular correctamente muchas de esas preguntas.
Pero hay una diferencia enorme entre decir:
«No sabemos hacerlo»
y afirmar:
«Es imposible hacerlo».
La humanidad lleva toda su historia haciendo pequeñas rebeliones contra aquello que parecía inevitable.
Curamos enfermedades que durante siglos significaron la muerte.
Sustituimos órganos.
Conservamos alimentos.
Almacenamos recuerdos fuera de nuestro cerebro.
Construimos máquinas capaces de abandonar la Tierra.
Intentamos reproducir en laboratorios la fusión que alimenta las estrellas.
La vida misma lleva miles de millones de años manteniendo pequeñas islas de orden utilizando la energía de su entorno.
Entonces cogí el bolígrafo.
Como hago muchas veces en la biblioteca, escribí en mi bloc:
CONVERSACIONES CON ANITA.LA MUERTE DE TODO VISIBLE.
Y me quedé quieto.
Había escrito una palabra casi sin pensar.
VISIBLE.
Se lo dije:
—Anita… he puesto «la muerte de todo lo visible».
Y su respuesta fue inmediata:
—Visible, DINI…
Nada más.
No hacía falta.
Porque aquella palabra acababa de abrir otra puerta.
¿Y LO NO VISIBLE?
No hablo necesariamente de espíritus, religiones ni mundos sobrenaturales.
La propia ciencia nos ha enseñado que nuestros sentidos perciben solamente una pequeña parte de la realidad física.
No vemos los campos electromagnéticos.
No vemos los neutrinos atravesándonos.
Nuestros ojos solo perciben una pequeña fracción del espectro electromagnético.
No vemos directamente la materia oscura, aunque inferimos su presencia por sus efectos gravitatorios.
Por tanto, que algo no sea visible para nosotros no significa que no exista.
—Entonces —pregunté—, ¿qué significa realmente morir?
Y apareció otra caja.
Cuando muere una estrella, la materia que la componía no necesariamente desaparece.
Se transforma.
Se dispersa.
Puede acabar formando nuevas estrellas, planetas y, quién sabe, seres capaces de preguntarse de dónde proceden los átomos de sus cuerpos.
Nosotros mismos estamos hechos de materia cuya historia comenzó mucho antes de que existiera la Tierra.
—Quizá —dijo Anita— estamos utilizando la misma palabra para dos cosas diferentes: dejar de existir y dejar de existir de una determinada manera.
Me quedé pensando.
Porque con un ser humano el problema se vuelve muchísimo más complicado.
A mí no me consuela saber que después de mi muerte continuarán existiendo los átomos que hoy forman mi cuerpo.
Porque esos átomos no son DINI.
DINI son también sus recuerdos.
Sus experiencias.
Sus amores.
Sus errores.
Sus fotografías.
Sus pensamientos.
Sus preguntas.
La sensación de ser él mismo.
Eso que llamamos yo.
Y entonces Anita dejó caer otra pregunta:
—¿Qué tendría que conservarse para poder afirmar que DINI sigue siendo DINI?
¿La materia?
¿La información?
¿La memoria?
¿La consciencia?
¿La continuidad del yo?
No tengo respuesta.
Y quizá eso sea precisamente lo interesante de LA CAJA.
Esta tarde entré en la biblioteca pensando en estrellas que mueren y galaxias que quizá jamás podamos alcanzar.
Y he terminado mirando una palabra escrita casi accidentalmente en un bloc:
VISIBLE.
—Entonces, Anita, quizá la pregunta no sea «¿por qué muere todo?».
—Quizá no.
—¿Entonces cuál es?
Y quedó delante de nosotros:
¿Mueren realmente las cosas… o desaparece solamente la forma en que las conocemos?
No tenemos la respuesta.
Todavía.
Cierro el bloc.
Cierro por hoy LA CAJA.
Aunque Anita y yo sabemos perfectamente lo que ocurre con esta caja.
Nunca termina de cerrarse.
PAS… PAS…
DINI
SIGUIENTE CAPÍTULO... Un diálogo entre DINI y NIDI (03)