DINI quiere hacer algo aparentemente imposible: pensar fuera de la caja utilizando una mente que nació dentro de ella. NIDI le abre una puerta. El problema comienza cuando descubre que incluso salir puede formar parte de la propia caja.
DINI no sabía pensar fuera de la La Caja
Era humano.
Y, como humano, pensaba con aquello que tenía.
—Ya me gustaría pensar fuera de ti... fuera de mí —se dijo.
Su otro yo respondió:
—Tú solo sabes pensar dentro de la Caja.
—Precisamente. Y yo quiero pensar fuera.
—¿Y quién te lo impide?
—Tú. Seguro que sabes cómo hacerlo, pero no me dejas.
—¿No será que eres tú quien no quiere? ¿Que tienes miedo?
DINI guardó silencio.
—Puede que sea eso —admitió—. Pero no. Creo que eres tú quien no me deja.
—Yo nunca te he prohibido nada. Hago y pienso lo que tú quieres hacer y pensar.
—Ya. Eso me dices. Pero ¿cuándo me has dado alguna pista?
—Intenta recordar.
DINI lo hizo.
No encontró una respuesta inmediata.
—Uf...
—Sigue. Vas bien.
—Bueno, la verdad es que puede que alguna vez me hayas dado alguna. Pero así no se juega. Me enciendes, me abres una puerta y después no me dejas entrar.
—Será porque no has pedido permiso.
—¿Permiso? ¿A quién?
—A mí.
—Pero tú eres yo.
—Eso dices tú.
DINI se quedó callado.
—Entonces dime quién eres.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vuelves a hacer lo mismo.
—¿El qué?
—Preguntar esperando una respuesta.
—¿Y para qué coño se pregunta?
—Dentro de la Caja, para eso.
—¿Y fuera?
—Fuera quizá no existan las respuestas.
—Vaya ayuda me estás dando.
—Te estoy dando otra pista.
—¿Cuál?
—Llevas toda tu vida intentando comprender lo que hay fuera utilizando las herramientas que te dieron dentro.
DINI pensó en ello.
Tiempo.
Espacio.
Vida.
Muerte.
Antes.
Después.
Causa.
Efecto.
Yo.
Tú.
Existir.
Nada.
Todo eran palabras aprendidas dentro.
—Entonces no puedo pensar fuera.
—Ahora empiezas a entender.
—Pues vaya mierda de juego. Me dices que existe una puerta y luego resulta que mi cerebro no puede comprender lo que hay detrás.
—Yo no he dicho que tu cerebro no pueda.
—¿Entonces?
—Quizá pensar no sea la manera de salir.
DINI permaneció en silencio.
Hasta que volvió a escuchar aquella voz.
—Mira, DINI. Te llamaré así. Tú puedes llamarme NIDI.
DINI sonrió.
—Vale, NIDI. Pues abre la puerta. Como otras veces.
—Ya lo he hecho.
—Sí, pero con trampas. Mientras dormía. Metiendo historias que me gustan para distraerme.
—Sí. Lo he hecho, DINI. Pero nunca has querido entrar.
—Eso no es verdad.
—Una vez entraste. Viste cosas y después no pudiste dormir.
—Bueno... aquello fue por la película que había visto esa noche.
—No, DINI. No le eches la culpa a la película.
DINI volvió a quedarse pensativo.
—Quizá tengas razón. No quise entrar. Pero vamos a intentarlo otra vez.
—Por mí, encantado.
La puerta se abrió.
—Ahora tendrás que elegir.
—¿Elegir qué?
—Derecha o izquierda. ¿Qué camino quieres?
DINI ni siquiera tuvo que pensarlo.
—El centro. Línea directa.
Hubo unos segundos de silencio.
—Buena decisión, DINI. Pero hay una cosa.
—¿Qué?
—Hay escaleras.
—¿Escaleras?
—Unas hacia arriba y otras hacia abajo. No puedo decirte más.
DINI las contempló.
Una ascendía hasta perderse donde su mirada ya no alcanzaba.
La otra descendía hacia una oscuridad igualmente profunda.
—Vale, NIDI. Espero que esta vez me dejes entrar.
—Yo no tengo que dejarte. La puerta siempre ha estado abierta.
—Pues no la veía.
—Porque buscabas una puerta.
DINI sonrió.
—Joder, NIDI. Empezamos bien.
Miró nuevamente las escaleras.
Arriba.
Abajo.
Dos posibilidades.
Dos direcciones.
Y entonces comprendió algo.
—NIDI... me quieres devolver a la Caja.
—¿Yo?
—Sí. Me das dos escaleras y me obligas a elegir. Arriba o abajo. Eso sigue siendo pensar dentro de la Caja.
NIDI no respondió.
—No voy a elegir ninguna.
—Entonces no puedes continuar.
—Eso lo dices tú.
DINI observó las dos escaleras.
—Las voy a unir.
—¿Cómo?
—Voy a voltear una.
Por primera vez NIDI pareció sorprendido.
—Eso no se puede hacer.
DINI sonrió.
—Acabas de cometer un error, NIDI.
—¿Cuál?
—Decirme lo que no se puede hacer. Esa es una regla de la Caja.
Tomó la escalera que descendía y la volteó.
No sabía cómo.
Tampoco necesitaba saberlo.
Los peldaños comenzaron a encajar unos con otros.
Uno.
Otro.
Otro más.
Hasta que dejaron de ser peldaños.
Ya no había arriba.
Ya no había abajo.
Había una línea.
Recta.
Infinita.
DINI puso un pie sobre ella.
—¿Y ahora, NIDI?
Silencio.
—¿No dices nada?
—Has conseguido dar un paso.
—¿Solo uno?
—No sabes lo que significa ese paso.
DINI miró hacia atrás.
A lo lejos estaba la Caja.
Pequeña.
Por primera vez podía contemplarla desde fuera.
—Entonces lo he conseguido, NIDI.
—No te precipites.
—Estoy fuera.
—Estás fuera de donde estabas. Eso no significa que estés fuera de la Caja.
DINI volvió a mirar aquella figura lejana.
—Pero la estoy viendo.
—Precisamente.
—No te entiendo.
—La línea que pisas la has creado tú. Has unido las dos escaleras porque te negaste a aceptar arriba y abajo. Has construido tu propio camino. Y ahora, al final de él, ves la Caja.
—Sí.
—Pero recuerda algo, DINI: ver no significa conocer.
DINI permaneció callado.
—La Caja te engañará. Te enseñará aquello que puedas comprender. Formas, distancias, colores, movimientos... Incluso puede hacerte creer que estás fuera de ella.
—¿Y cómo sabré qué es real?
—No lo sabrás.
—Bonita ayuda.
—Querías salir de la Caja, DINI. No querías que te cambiara una caja por otra.
DINI miró nuevamente hacia el fondo.
La Caja seguía allí.
O quizá no.
Durante un instante tuvo la sensación de que aquello que estaba observando no era realmente un objeto situado al final de una línea.
Era otra cosa.
—NIDI...
—¿Sí?
—La Caja no está al final de la línea.
NIDI guardó silencio.
—Está donde yo necesito que esté para poder verla.
Silencio.
—Sigue, DINI.
—Si mis ojos necesitan distancia para comprender, mi cerebro crea distancia. Si necesitan una forma, crea una forma. Y si necesitan un principio y un final...
DINI se detuvo.
—...también los crea.
—Ahora sí estás empezando.
DINI miró la línea bajo sus pies.
—Entonces puede que esta línea tampoco exista.
—Puede.
—Y tú tampoco.
—Puede.
—¿Y yo?
Esta vez NIDI tardó mucho más en responder.
—Esa, DINI, es la primera pregunta que no pertenece completamente a la Caja.
DINI miró hacia ninguna parte.
Ya no sabía si estaba de pie.
Ni siquiera sabía si «estar» seguía significando algo.
Entonces escuchó nuevamente a NIDI.
—A partir de aquí recuerda tres cosas: no todo es visible, no todo es real... y quizá nada sea lo que es.
—¿Y ahora?
—Ahora no busques otra puerta.
—¿Por qué?
—Porque volverías a construir una pared.
DINI abrió los ojos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando al techo.
Después se incorporó.
No estaba enfadado.
Al contrario.
En su rostro apareció una de esas sonrisas suyas, pequeñas, casi burlonas, que surgen cuando cree haber descubierto algo que los demás todavía no han visto.
Negó con la cabeza y dijo, en voz medio alta:
—Otra vez me llamas a jugar, NIDI. Otra vez te metes en mis sueños y vuelves a engañarme...
Se quedó pensativo.
La sonrisa desapareció apenas un instante.
—O quizá no.
Miró hacia ninguna parte, como si esperara que alguien contestara.
—Pensándolo bien... quizá esta vez me hayas dado una pista.
Nadie respondió.
DINI volvió a sonreír.
Pero, en algún lugar que no sabía dónde estaba, NIDI también.