Capítulo XIII — La parada del adiós

Historias del 722

Un viernes cualquiera, un hombre regresa antes de lo previsto a casa. Pero al pasar por Tres Cantos, junto a una parada del autobús 722, descubre una escena que jamás habría imaginado: su mujer besando a otro hombre. No hay gritos ni escándalos. Solo una pregunta que puede cambiarlo todo: ¿se puede seguir amando a alguien cuando se ha perdido la confianza?

Aquel viernes no tenía nada de especial.

O al menos eso pensaba él cuando salió de casa por la mañana.

Había desayunado lo de siempre, un café con leche y dos tostadas, mientras su mujer repasaba el teléfono sentado al otro extremo de la mesa.

—¿A qué hora vuelves hoy? —le preguntó ella.

—Como siempre. Sobre las siete menos veinte.

—Vale.

Ni siquiera levantó la cabeza.

Llevaban muchos años casados. Los suficientes para que algunas conversaciones se hubieran reducido a preguntas prácticas, horarios, compras y recibos.

Él lo consideraba normal.

Quizá ese había sido su primer error.

A media tarde comenzó a encontrarse mal. Un mareo, una presión extraña en la cabeza y esa sensación de que el cuerpo te está pidiendo que dejes de hacerte el valiente.

Avisó en el trabajo y decidió regresar a casa un par de horas antes de lo habitual.

Conducía por la M-607 cuando el tráfico empezó a espesarse a la altura de Tres Cantos.

Eran aproximadamente las cuatro.

Redujo la velocidad.

Miró distraídamente hacia una de las paradas del autobús 722, dirección Colmenar Viejo.

Y entonces la vio.

Su mujer.

Al principio pensó que se equivocaba.

La misma chaqueta. El mismo bolso. Aquella manera tan particular de echarse el pelo hacia atrás.

Era ella.

Pero no estaba sola.

Un hombre la sujetaba suavemente por la cintura.

Ella sonreía.

Una sonrisa que él conocía muy bien.

O que creía conocer.

Después ocurrió.

Un beso.

No uno de esos besos rápidos con los que se despiden dos conocidos. Ni un roce casual entre amigos.

Fue un beso largo, tranquilo, familiar.

De esos que no necesitan explicaciones porque ya las contienen todas.

El mundo no se detuvo.

Los coches continuaron avanzando. Un motorista pasó entre los carriles. Alguien tocó el claxon.

Y el 722 se aproximó a la parada.

Él mantuvo las manos sobre el volante.

No frenó bruscamente.

No gritó.

Ni siquiera sintió rabia.

Todavía no.

Sintió algo mucho más extraño.

Como si acabara de descubrir que llevaba años viviendo en una casa cuya puerta principal no daba a la calle, sino a un escenario.

Un escenario donde todos conocían el argumento menos él.

El autobús abrió sus puertas.

Ella se separó del hombre, le acarició la mejilla y subió.

Él se quedó en la parada, observándola hasta que las puertas se cerraron.

El 722 continuó su recorrido hacia Colmenar Viejo.

Y el marido también.

Aunque, en realidad, ya no sabía muy bien hacia dónde iba.

Llegó a casa poco después de las cuatro.

Dejó las llaves en el pequeño recipiente de la entrada, como llevaba haciendo más de veinte años.

Se quitó la chaqueta.

Abrió la ventana del salón.

Encendió el televisor y le quitó el sonido.

En la pantalla, un presentador gesticulaba delante de un mapa meteorológico.

Pensó que resultaba curioso.

Un hombre anunciando tormentas mientras, al otro lado de la pantalla, alguien acababa de quedarse sin techo.

Fue a la cocina.

Se sirvió un vaso de agua.

No tenía sed.

Lo dejó sobre la mesa sin probarlo.

Miró alrededor.

Las fotografías de las vacaciones. Los recuerdos de los viajes. Una figurita comprada en Lisboa. El cuadro que habían elegido juntos después de discutir durante media hora sobre dónde colgarlo.

Todo seguía en su sitio.

Todo parecía exactamente igual.

Y, sin embargo, nada era lo mismo.

Se sentó.

Y esperó.

La puerta se abrió media hora después.

—¡Hola! —escuchó desde la entrada.

Su mujer apareció en el salón.

Llevaba el pelo recién peinado, los labios ligeramente pintados y una expresión de sorpresa al encontrarlo allí.

—¡Anda! ¿Tú aquí?

—Sí.

—¿Qué ha pasado?

—No me encontraba bien. Me he venido antes.

Ella se acercó.

—¿Estás malo?

—Eso parece.

Le puso una mano en la frente.

Él reconoció inmediatamente aquel gesto.

Lo había hecho cientos de veces.

Cuando tenía fiebre. Cuando estaba agotado. Cuando alguna preocupación le quitaba el sueño.

Durante un instante sintió la absurda necesidad de abrazarla.

De fingir que no había visto nada.

De volver a aquella mañana, antes de salir de casa.

Pero la imagen del beso apareció otra vez.

Y permaneció quieto.

—No tienes fiebre —dijo ella.

—No. Creo que es otra cosa.

—Pues deberías acostarte.

—Luego.

Ella dejó el bolso sobre una silla.

—Voy a cambiarme.

—¿Qué tal la mañana?

—Bien. Lo de siempre.

—¿Has salido?

—Sí, he ido al mercado.

—¿Al mercado?

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada. ¿Has comprado algo?

Ella miró hacia la entrada.

No llevaba ninguna bolsa.

—No había nada que me interesara.

—Vaya.

—Después he estado dando una vuelta.

—¿Por Tres Cantos?

La pregunta cayó entre los dos como una moneda sobre una mesa de cristal.

Ella tardó apenas un segundo en contestar.

—Sí... bueno, he pasado por allí.

—Bonito sitio para pasear.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Que hace buen día.

Ella lo observó.

Él miró el televisor.

El presentador seguía anunciando tormentas.

—Estás muy raro —dijo ella.

—Será el mareo.

—Pues descansa.

Y se marchó al dormitorio.

Él escuchó cómo abría el armario.

Después, el ruido del agua en el baño.

Y finalmente, el sonido de una puerta que se cerraba.

Se quedó mirando aquel vaso que seguía intacto sobre la mesa.

Pensó en levantarse.

En entrar en la habitación.

En preguntarle quién era aquel hombre.

Desde cuándo.

Por qué.

Pero había una pregunta que le daba más miedo que todas las demás.

¿Todavía me quieres?

Porque una infidelidad podía explicarse de muchas maneras.

Una mentira, quizá también.

Pero descubrir que la persona con la que compartías la vida había dejado de compartir contigo sus sentimientos era algo que no sabía cómo afrontar.

La tarde transcurrió lentamente.

Ella salió del dormitorio y se sentó a su lado.

—¿Te preparo algo?

—No tengo hambre.

—Últimamente estás muy distante.

Él casi sonrió.

Aquella frase tenía algo de ironía involuntaria.

—¿Yo?

—Sí. Apenas hablamos.

—Es verdad.

—Deberíamos hacer algo juntos este fin de semana.

—¿Juntos?

—Claro. ¿Qué tiene de raro?

—Nada. Hace tiempo que no hacemos muchas cosas juntos.

Ella frunció el ceño.

—No sé qué te pasa hoy.

Él estuvo a punto de decirlo.

Me pasa que esta tarde te he visto besando a otro hombre.

Las palabras llegaron hasta su garganta.

Pero no salieron.

Todavía no.

—Estoy cansado —respondió.

Ella se levantó.

—Pues descansa.

Y volvió a mirar el teléfono.

Él observó cómo sonreía discretamente al leer un mensaje.

No sabía quién lo había enviado.

Tampoco quería saberlo.

Al menos, no en aquel momento.

Por la noche cenaron casi en silencio.

Ella habló de una amiga, de una tienda que habían abierto y de un recibo que tenían pendiente.

Él respondió con monosílabos.

Después recogió la mesa.

Lavó los dos platos.

Y regresó al salón.

Ella se detuvo junto a la puerta.

—¿No vienes a dormir?

—Ahora subiré.

—No te quedes hasta muy tarde.

—No te preocupes.

Escuchó sus pasos alejándose.

Luego, el silencio.

El reloj marcaba las once y media.

Apagó el televisor.

Por primera vez en todo el día, la casa quedó completamente en silencio.

Y comenzó a recordar.

Aquellas llamadas que ella contestaba en otra habitación.

Las tardes en las que decía que tenía que salir.

Las ocasiones en que se arreglaba especialmente para hacer un recado insignificante.

Las noches en las que se acostaba dándole la espalda.

Había explicaciones para todo aquello.

Siempre las había encontrado.

Porque cuando uno quiere a alguien, suele buscar razones para confiar antes que motivos para sospechar.

Y eso no es necesariamente ingenuidad.

A veces es simplemente amor.

Miró el reloj.

Las dos y cuarto.

Seguía despierto.

Había pasado horas imaginando conversaciones.

En unas gritaba.

En otras lloraba.

En algunas ella le pedía perdón.

En otras le decía que ya no le quería.

Pero ninguna de aquellas conversaciones había ocurrido.

Todas estaban dentro de su cabeza.

Y comprendió que no podía seguir así.

A la mañana siguiente, ella apareció en la cocina con el pelo recogido y todavía medio dormida.

Él estaba preparando café.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

—¿Has dormido mejor?

—No he dormido.

—¿Sigues mareado?

—No. El mareo se me pasó ayer.

Ella cogió una taza.

—Entonces, ¿qué te ocurre?

Él apagó la cafetera.

La miró.

—Ayer te vi.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Dónde?

—En Tres Cantos.

—Ah... sí, estuve allí.

—Lo sé.

Silencio.

—Te vi en una parada del 722.

La taza quedó suspendida entre sus manos.

—¿Y?

Él respiró profundamente.

—Te vi con un hombre.

Ella bajó los ojos.

—Es un amigo.

—Puede ser.

—¿Cómo que puede ser?

—Que puede ser un amigo. Yo también tengo amigas.

La miró sin levantar la voz.

—Pero no las beso como tú lo besaste a él.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después se sentó.

—No es lo que parece.

Él sintió una punzada de tristeza.

Había imaginado muchas respuestas durante la noche.

Aquella también.

—Ojalá no lo fuera.

—Déjame explicártelo.

—Eso es precisamente lo que quiero.

Ella se llevó las manos a la cara.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio, supongo.

Volvió el silencio.

—¿Desde cuándo? —preguntó él.

Ella bajó la mirada.

—Unos tres meses.

Él asintió lentamente.

Tres meses.

Noventa días.

Noventa días de desayunos compartidos, de buenas noches, de conversaciones sobre la compra, de preguntas sobre cómo había ido el trabajo.

Noventa días viviendo con una mujer a la que creía conocer.

—¿Le quieres?

Ella comenzó a llorar.

—Sí.

Aquella palabra le dolió más que el beso.

—Entonces no hay mucho más que hablar.

—¡Espera! ¡Por favor, escúchame! Yo también te quiero.

Él la miró fijamente.

—¿También?

—Sí. Te quiero. Nunca he dejado de quererte. Por eso no te he dejado.

Él apartó la mirada hacia la ventana.

—Qué curioso. No me has dejado porque me quieres, pero has estado tres meses con otro porque también le quieres.

—No es lo mismo.

—Explícamelo.

—Contigo tengo una vida. Tenemos una historia, una casa, tantos años juntos... Él es diferente. No sé cómo explicártelo.

—Pues inténtalo.

Ella se secó las lágrimas.

—Llevábamos tiempo distanciados. Tú con tu trabajo, yo sola tantas tardes... Apenas hablábamos. Y apareció él. Empezamos tomando café, conversando... Me escuchaba. Me hacía sentir...

Se interrumpió.

—¿Querida? —preguntó él.

Ella asintió.

—Sí.

Él guardó silencio unos segundos.

—Podrías haberme dicho que te sentías sola. Podrías haberme dicho que ya no eras feliz conmigo. Incluso podrías haberme dicho que habías conocido a alguien.

Respiró profundamente.

—Pero preferiste mentirme.

—No quería hacerte daño.

—Y para no hacerme daño me has engañado durante tres meses.

—No fue algo que buscara.

—Quizá no buscaste enamorarte. Eso puedo entenderlo. Pero cada vez que quedabas con él, cada vez que me decías que ibas al mercado, cada vez que volvías a casa y me besabas como si nada hubiera pasado, estabas tomando una decisión.

Ella comenzó a llorar con más fuerza.

—Perdóname.

—No sé si podré.

—No quiero perderte.

Él se levantó y caminó unos pasos por la cocina.

—Mira, no voy a preguntarte quién es. Ni dónde vive. Ni qué hace. No necesito conocerlo. Esto no es un problema entre él y yo.

Volvió a mirarla.

—Es entre tú y yo.

—Pero te quiero.

—Eso dices.

—¡Es verdad!

—Puede que lo sea. No voy a discutir tus sentimientos. Pero querer a alguien no te da derecho a engañarlo.

Ella permaneció callada.

—Y si le quieres a él, tendrás que decidir qué haces con ese amor. Pero no puedes pedirme que siga aquí mientras tú decides con quién quieres estar.

—No quiero que te vayas.

—Yo tampoco quería llegar a esto.

—Podemos intentarlo. Podemos volver a empezar.

Él negó despacio con la cabeza.

—No hoy.

—¿Y mañana?

—Tampoco lo sé.

—¿Entonces qué hacemos?

Él miró las dos tazas de café que seguían sobre la mesa.

—Durante años hemos tenido tiempo para hablar, para querernos, para arreglar lo que no funcionaba. Y ahora me pides tiempo para reparar algo que has roto sin contar conmigo.

Se detuvo.

—Quizá el tiempo pueda decirnos si esto tiene arreglo. Pero el tiempo que teníamos antes ya no existe.

Ella se cubrió el rostro con las manos.

—¿Me estás dejando?

Él tardó en responder.

—Te estoy diciendo que no puedo seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido.

—¿Y nuestros años juntos?

—Precisamente por esos años no voy a insultarte, ni a gritarte, ni a hacerte daño deliberadamente.

Su voz se quebró ligeramente.

—Pero tampoco voy a engañarme a mí mismo.

Ella levantó la cabeza.

—¿Todavía me quieres?

Él la miró durante unos segundos.

—Sí.

Ella pareció recuperar por un instante la esperanza.

—Entonces podemos arreglarlo, cariño.

Él no respondió.

—¿Qué pasa? —preguntó ella—. Ya ni siquiera me llamas cariño.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ese cariño ahora está compartido. Y yo no tengo costumbre de compartir ciertas cosas.

Ella bajó la mirada.

—Pero yo no quiero perderte.

—Eso tendrías que haberlo pensado antes.

—¿Y qué hacemos ahora?

Él se levantó, recogió su taza y la dejó en el fregadero.

—Tenemos todo el fin de semana para decidirlo.

—¿Decidir qué?

—Si todavía nos queda algo que salvar o si ha llegado el momento de que cada uno siga su camino.

—¿Y si te digo que quiero seguir contigo?

Él se volvió hacia ella.

—Entonces tendrás que entender que no basta con decirlo. La confianza no se recupera con una frase, ni con unas lágrimas.

—¿Y si te prometo que no volverá a ocurrir?

—Hace tres meses también creía que no ocurriría nunca.

Ella no encontró respuesta.

Él cogió las llaves del coche.

—¿Adónde vas? —preguntó ella.

—A dar una vuelta. Necesito pensar.

—¿Volverás?

Se detuvo junto a la puerta.

—Esta es mi casa. Claro que volveré.

La miró por última vez.

—Lo que todavía no sé es si volveremos a ser nosotros.

Salió a la calle.

Miradas desde el coche al beso en la paradaEl aire fresco le golpeó el rostro. Caminó sin rumbo, con las manos en los bolsillos, mientras intentaba ordenar los pensamientos que llevaba acumulando desde el día anterior.

No sentía odio.

Sentía tristeza.

Y algo más difícil de explicar: la sensación de haber perdido una parte de su vida sin haberse despedido de ella.

Al llegar a una esquina, vio pasar un autobús.

Era el 722.

Lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre los coches.

Sonrió amargamente.

Qué curioso.

Durante años había pensado que las despedidas se producían en estaciones, aeropuertos o andenes.

Nunca imaginó que la suya comenzaría en una parada de autobús de Tres Cantos.

Y comprendió que, a veces, lo más difícil no es decir adiós.

Es seguir queriendo a alguien cuando ya no sabes si puedes volver a confiar en esa persona.

D. Pedrosa

Historias en el 722 — Capítulo XIII: La parada del adiós


Cada parada tiene una historia. Cada asiento, una vida. Y cada pasajero, algo que contar.

El 722 sigue recorriendo el camino entre Colmenar Viejo y Madrid, llevando mucho más que viajeros: recuerdos, ilusiones, secretos y esperanzas.

No te pierdas la siguiente historia. Quizá, algún día, descubras que uno de sus protagonistas viajaba sentado a tu lado.

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