Nacemos llorando. Y si no lo hacemos, alguien se encargará de provocar ese primer llanto. Después empieza el viaje. Una mirada incómoda, irónica y quizá demasiado humana sobre eso que llamamos vivir.
Nacemos llorando.
Y si no lo haces, tranquilo: te darán el primer golpe de realidad para que empieces.
Y llorarás.
Llorarás durante unos cuantos años más, como mínimo.
Al principio tu vida será bastante sencilla: llorarás, comerás, dormirás y cagarás. Te comerás los mocos, pillarás unas cuantas infecciones y conocerás algún que otro antibiótico antes incluso de saber pronunciar su nombre.
Y así llegarás, más o menos, hasta los tres años.
Entonces descubrirás que aquello solo era el calentamiento.
Un buen día tus padres te llevarán a la guardería.
Tú llorarás.
Y cuando entres descubrirás que no estás solo.
Veinte pitufos como tú estarán organizando un concierto de lágrimas, mocos y gritos porque tampoco entienden qué demonios hacen allí.
Te pegarán lo que tú no llevaste.
Y tú te lo llevarás a casa.
Pero tranquilo.
Eso acaba de empezar.
Después llegará el colegio.
Tres años, cuatro, cinco...
Primaria.
Secundaria.
Y allí empezarás a conocer a los personajes que volverás a encontrarte durante toda tu vida.
Estará el que comparte el bocadillo.
El que te copia el examen.
El que recibe las collejas.
El que las da.
Y estará también aquel compañero de pupitre que ya apunta maneras.
No corre más que nadie.
No estudia más que nadie.
No levanta más peso que nadie.
Pero habla.
Habla mucho.
Promete estupendamente.
Y mientras los demás discutís sobre quién se queda el balón, él ya ha aprendido algo mucho más importante:
que algunas veces se puede vivir bastante bien consiguiendo que sean los demás quienes corran detrás de la pelota.
Años después quizá lo veas en un despacho, en un consejo de administración, en una tribuna o dando un discurso.
Y pensarás:
—Joder. Si ya se le veía venir en quinto.
Después vendrán los estudios, los exámenes, la universidad para algunos, las oposiciones para otros, buscar trabajo, no encontrarlo o, posiblemente peor, encontrarlo.
Y entonces comenzará la gran rutina.
Te levantarás antes que el sol.
Coche.
Autobús.
Tren.
Atasco.
Ocho horas de trabajo.
Oficina, taller, banco, fábrica, almacén, hospital...
Da igual.
Entregarás ocho horas de tu vida cada día y, con un poco de suerte, saldrás antes de que el sol se haya acostado.
Llegarás a casa de tus padres o, si has tenido suerte, a un apartamento que llamarás tuyo aunque durante treinta años pertenezca un poquito más al banco que a ti.
Y buena parte de aquellas ocho horas que has vendido ese día servirán precisamente para pagarlo.
Mientras tanto descubrirás otra cosa curiosa.
No todos juegan con las mismas reglas.
Tú madrugas.
Otros cobran mientras duermes.
Tú produces.
Otros poseen.
Tú fichas al entrar y al salir.
Otros no saben siquiera dónde está la máquina de fichar.
Y algunos conseguirán ganar en un minuto lo que tú tardas meses en conseguir trabajando ocho horas al día.
No necesariamente porque sean más inteligentes.
Ni porque trabajen más.
Simplemente porque el tablero nunca fue igual para todas las piezas.
Y luego están las guerras.
Aquellos pitufos de la guardería crecieron.
A unos les pusieron traje.
A otros uniformes.
A unos les dieron micrófonos.
A otros fusiles.
Y un día alguien decidirá que hay que defender nuestra guardería de los niños de otra guardería situada a miles de kilómetros.
Lo curioso es que quienes deciden dónde empieza la guerra rara vez son quienes tienen que agacharse cuando empiezan a caer las bombas.
Los que se disparan quizá podrían haberse tomado una cerveza juntos.
Pero alguien les explicó que eran enemigos.
Y mientras unos mueren, otros hacen cuentas.
Porque incluso la muerte tiene mercado.
Llegará el sábado.
Saldrás.
Beberás.
Reirás.
Bailarás.
Y dependiendo de la edad, quizá empalmes la noche con el domingo.
El domingo descansarás.
Porque el lunes hay que volver a empezar.
Despertador.
Coche.
Autobús.
Tren.
Atasco.
Ocho horas.
Casa.
Dormir.
Y otra vez.
Hasta que un día comienzas a darte cuenta de algo que nadie te contó.
El cuerpo tiene fecha de desgaste.
Primero es una rodilla.
Después la espalda.
Luego las gafas.
El colesterol.
El azúcar.
La tensión.
La próstata.
Subir aquellas escaleras que antes subías de dos en dos empieza a parecerse sospechosamente a una expedición al Himalaya.
Y empiezas a visitar al médico con una frecuencia que jamás imaginaste.
Si eres mujer, además, descubrirás todo un catálogo de cosas que tampoco te explicaron cuando eras aquella niña que lloraba en la guardería.
Y pasan los cuarenta.
Los cincuenta.
Los sesenta.
Los setenta...
Hasta que, si has tenido suerte —otra vez esa maldita suerte—, llega la jubilación.
Te entregan oficialmente tu tiempo.
Curioso.
Precisamente cuando empiezas a tener menos.
Hace muchos años leí a Rousseau. Las ensoñaciones del paseante solitario. Me gustaba especialmente aquel Quinto Paseo.
Entonces lo leía como quien escucha las reflexiones de un viejo.
Ahora soy yo el viejo.
Rousseau paseaba para pensar.
Yo ya no puedo pasear demasiado, así que paseo por mis años.
Y quizá ahí esté una de las bromas más crueles de la vida: cuando eres joven tienes tiempo, pero no sabes todavía qué hacer con él; y cuando empiezas a comprender lo que vale, miras el reloj y descubres que queda mucho menos.
Qué cabrona es la vida.
Te da las respuestas cuando ya estás terminando el examen.
Y todavía queda algo que tampoco te explicaron en la guardería.
Si vives lo suficiente, empezarás a despedirte.
Primero serán los abuelos.
Después quizá tus padres.
Algún amigo.
Un hermano.
Y alguna vez, porque la vida tampoco respeta el orden de la fila, alguien que tenía que haberse marchado mucho después que tú.
Entonces descubrirás una de las trampas más extrañas de estar vivo.
Cuanto más quieres a alguien, más sitio podrá dejar vacío.
Guardarás fotografías de personas que ya no pueden mirarlas. Recordarás voces que nunca volverán a llamarte por teléfono. Y habrá canciones, calles, olores o una simple silla vacía capaces de devolverte durante unos segundos a alguien que ya no está.
Nadie te explicó eso cuando llegaste.
Te enseñaron a leer.
A sumar.
A trabajar.
Incluso a prepararte para el futuro.
Pero nadie te enseñó a despedirte.
Y, sin embargo, si tienes la suerte de vivir muchos años, acabarás convirtiéndote también en eso:
en el guardián de los que se fueron antes que tú.
Y entonces, una mañana cualquiera, quizá sentado en un sofá, empiezas a hacer cuentas.
No de dinero.
De años.
Y descubres que has pasado media vida preparándote para vivir y la otra media intentando conservar lo que te quedaba.
Hasta que llega el momento de los momentos.
Y aquí estoy yo.
Pensando.
¿Para qué ha sido todo esto?
¿Por qué hemos tenido que luchar tanto?
¿Para qué correr?
¿Para qué trabajar?
¿Para qué sufrir?
¿Para qué venimos a este mundo?
Pero hay algo todavía más extraño.
Sabemos todo esto.
Sabemos cómo funciona el juego.
Sabemos que existen guerras.
Sabemos que habrá enfermedades.
Sabemos que habrá injusticias.
Sabemos que unos tendrán demasiado mientras otros apenas tendrán suficiente.
Y ahora sabemos algo que nuestros abuelos ni siquiera podían imaginar:
que hasta el planeta que les dejamos empieza a pasarnos la factura.
Y aquí hay otra cosa que siempre me ha hecho gracia.
Decimos que venimos al mundo por un acto de amor.
Bueno.
Eso dicen.
Algunos, sin duda, sí.
Otros llegaron por deseo, por casualidad, por una noche demasiado alegre, por un preservativo que decidió jubilarse antes de tiempo o simplemente porque alguien pensó:
—Ya veremos.
Pero la naturaleza es bastante más lista que nosotros.
Si para tener un hijo hubiera que sentarse primero delante de un formulario y contestar sinceramente:
¿Acepta usted que esta persona enfermará?
¿Que sufrirá?
¿Que alguna vez le romperán el corazón?
¿Que tendrá miedo?
¿Que perderá a las personas que ama?
¿Que algún día morirá?
Marque SÍ para continuar.
No sé cuántos llegaríamos a la última casilla.
Así que la naturaleza encontró un sistema bastante más eficaz.
Nos dio deseo.
Y dejó las preguntas para después.
Mucho después.
A veces para cuando ya somos viejos y estamos sentados en un sofá preguntándonos de qué iba todo aquello.
Y aun así...
seguimos trayendo pitufos.
Y hay algo que nunca preguntamos al nuevo pitufo:
—Oye, ¿tú quieres venir?
Claro que no podemos preguntárselo.
Ese es precisamente el problema.
Tomamos por él la única decisión de su vida que jamás podrá deshacer.
Después lo miramos recién nacido, llorando tras aquel primer golpe de realidad, y pensamos que con él será diferente.
Y entonces empieza nuestro propio miedo.
¿Dónde estará?
¿Con quién habrá salido?
¿Por qué no llama?
¿Le habrá pasado algo?
¿Encontrará trabajo?
¿Podrá pagar una casa?
¿Habrá otra guerra?
¿Qué planeta le estamos dejando?
¿Será feliz?
Y cuando ellos tienen hijos empezamos a preocuparnos también por los hijos de nuestros hijos.
Una cadena perfecta.
Generación tras generación.
Entonces me hago una última pregunta.
¿Por qué?
¿Por qué seguimos trayendo seres humanos a un mundo sabiendo que van a conocer el miedo, la enfermedad, el desamor, la injusticia, la pérdida y, finalmente, la muerte?
Quizá porque nuestros padres tampoco nos contaron toda la verdad.
Quizá porque ellos tampoco la conocían.
O quizá porque existe algo que este viejo moribundo, después de tantos años, todavía no ha conseguido comprender.
Porque, sabiendo todo lo anterior, seguimos enamorándonos.
Seguimos riendo.
Seguimos haciendo amigos.
Seguimos teniendo hijos.
Seguimos plantando árboles cuya sombra sabemos que nunca veremos.
Seguimos haciendo fotografías para detener instantes que sabemos que desaparecerán.
Seguimos mirando las estrellas, aunque ninguna vaya a respondernos.
Seguimos trayendo pitufos.
Quizá porque, en medio de toda esta mierda, hubo algo.
Un beso.
Una canción.
Una madre.
Un hijo.
Un amigo.
Una tarde cualquiera.
Alguien que nos cogió la mano cuando teníamos miedo.
Algo tan pequeño que no aparece en ningún libro de Historia y, sin embargo, consiguió que durante unos minutos mereciera la pena estar aquí.
No lo sé.
Estoy muriendo.
Y lo peor no es marcharme sin conocer la respuesta.
Lo peor es sospechar que he necesitado toda una vida para aprender a formular la pregunta.
Y quizá esa sea la última broma.
Me he pasado todo este rato preguntándome por qué vivimos...
cuando debería haberme preguntado por qué, después de todo,
nos cuesta tanto marcharnos.
Aunque ahora que lo pienso...
quizá aquel niño que nació llorando
ya conocía la respuesta.
Y nosotros pasamos toda una vida enseñándole a olvidarla.
El Triste