Ayuso: sin trazas de decencia

Isabel Díaz Ayuso, en el programa ‘Salvados’.

Sociedad
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Cuando llamen malos españoles, amigos de la ETA o comunistas a quienes no se hayan olvidado de los mayores muertos en las residencias, a quienes sigan llorando a las personas abandonadas por la Comunidad de Madrid, no finjamos sorpresa

No hay que pedirle gran cosa a la política, pero sí unos mínimos de decencia. No es necesario que nadie cargue a sus espaldas toneladas de este bien tan preciado, pero sí que, de vez en cuando, quienes dirigen lo público demuestren contener pequeñas trazas. En el asunto de las residencias de Madrid no hemos visto un solo gramo de decencia en todos estos años. No pedíamos mucho. A muchos nos hubiera servido con que la presidenta Ayuso hubiera sido sincera y confesado que no se podía dar atención sanitaria a los miles de ancianos contagiados de covid-19 en residencias públicas de la Comunidad que ella presidía porque el sistema, desmantelado durante décadas por sus predecesores en la fiesta privatizadora, no daba abasto. No se dijo. Como nunca es tarde para que ese gramo aparezca, dada la situación de colapso, hubiera bastado con dejar aparecer la decencia permitiendo que fuesen los profesionales sanitarios quienes priorizasen, en base a criterios médicos, a quién se atendía y a quién no en mitad de ese drama. Tampoco se hizo. A cambio, se decidió enviar una circular que condenaba al desahucio vital a las personas mayores de Madrid tuteladas por la Comunidad que presidía Ayuso. Llegados a este punto, surgió una nueva posibilidad de poner algo de decencia sobre la mesa, aunque fuese por equilibrar lo indecente de las decisiones tomadas anteriormente. Por ejemplo, reconociendo la decisión tomada. Hubiera bastado con eso para que el gramo de decencia al fin apareciese, pero se decidió esconder el papel que daba la orden, se optó por negar una realidad a la vista de todos, publicada, demostrada. Se optó por generar cortinas de humo desde los medios afines.

Desmantelada la sanidad pública, emitida la circular y desahuciados los ancianos, la decencia aún estaba a tiempo de aparecer con la mínima medicalización de aquellos residentes a los que se había vetado su ingreso en un hospital. En lugar de esto, se aprovechó la coyuntura para que la hija del tipo que había sido el cerebro privatizador de la sanidad madrileña tiempo atrás hiciera caja con una empresa montada sobre la marcha con cuatro ambulancias que tenían un margen de actuación tan pequeño como gigantesca era la alegría de la agraciada por aquel pelotazo: “Mi propia empresa sanitaria, es mi sueño, flipo colorines”. Uno, que no le pide demasiado a la política, esperaba entonces que ese gramo de decencia que suele aflorar en las peores circunstancias –pregúntele a cualquier historiador que le dirá que incluso Hitler fue decente al dispararse a la boca– lo hiciera también esta vez. Aunque fuese por la vía de guardar silencio ante el desastre, del respeto debido al caos generado. Pero entonces Ayuso decidió que antes muerta que sencilla, y que iba a cargarle la culpa de las privatizaciones, de la circular de la muerte, del chiringuito de las ambulancias a Pablo Iglesias. Él era quien gestionaba las residencias de Madrid, sonreía Ayuso ante la cámara mientras reivindicaba pizpireta las cañas a la madrileña. Porque apostar por el pizpiretismo en mitad de un drama del que eres responsable también es libertad.

Llegó una nueva oportunidad para que la decencia, esta vez sí que sí, se abriese paso. Una oportunidad que parecía imposible dejar pasar. Como habían repetido por activa y por pasiva Ayuso y los suyos (los que aún le quedaban tras el goteo de dimisiones), el responsable de lo ocurrido era el líder de Podemos, así que investigar aquello tal y como exigían las familias de 7.291 fallecidos a los que se les negó el derecho a la atención sanitaria, estaba a huevo. También se negaron a esto. La decencia, ese gramo que debía aparecer tarde o temprano, nunca apareció en ningún capítulo de esta historia negra. No apareció cuando les negaron a las asociaciones de víctimas el mínimo exigible: escucharlas. No apareció cuando el hermano de la presidenta se aprovechó del caos para enriquecerse, y aquí no pasó nada, salvo la dimisión de Casado. Tampoco cuando, en cada paso dado en el proceso del drama sanitario, un amiguete se llevaba un nuevo contrato millonario por vía de urgencia. Mentalizados ya de que ese gramo de decencia no aparecerá, no puede sorprenderle a nadie que, dos años después, el consejero de Sanidad de Isabel Díaz Ayuso haya explicado sin sonrojarse que lo mejor para las familias de los ancianos fallecidos sin asistencia por una circular criminal es que nada se investigue. Que lo ideal sería que todo se dejase estar, porque averiguar qué sucedió es recordarles a esas familias una pérdida de la que seguramente ya se habrán olvidado. Cuando mañana llamen malos españoles, amigos de la ETA o comunistas a quienes no se hayan olvidado, a quienes aún sigan llorando a sus mayores abandonados por la administración de Ayuso, no finjamos ninguna sorpresa. A propósito, quien no deja florecer un gramo de decencia se llama indecente.

 

FUENTES:  CTXT