La Comuna de París y la caída de la Columna Vendôme

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CORRÍA EL AÑO 1871 CUANDO EL PUEBLO DE PARÍS SE LEVANTÓ CONTRA LA INJUSTICIA Y EXPERIMENTÓ EL AUTOGOBIERNO

Concluiremos esta primera serie de artículos sobre la praxis utópica con una breve visita a París durante la Comuna de 1871. París acababa de ser sitiada por el Ejército prusiano, que poco antes había humillado al de Napoleón III e invadido la mayor parte de Francia. La república fue proclamada el 4 de septiembre de 1870, pero estaba lejos de ser aquella con la que soñaban los republicanos que se habían opuesto al despotismo de “Napoleón el Pequeño”. Los políticos monárquicos que se habían resignado a adoptar esta forma a condición de dirigir el Gobierno solo tenían dos objetivos inmediatos: sellar a cualquier precio una paz apresurada con el invasor, y yugular la amenaza socialista exacerbada por las privaciones de la guerra y el derrocamiento tan esperado de la tiranía bonapartista.

 

Ese gobierno, instalado en Versalles, estaba dirigido por Adolphe Thiers, político resucitado que antaño había servido al rey Luis Felipe. Este viejo cascarrabias había de pasar a la posteridad como uno de los más sanguinarios enemigos de los pobres en la historia del mundo. Los parisinos vieron el armisticio que firmó con Bismarck en enero de 1871 como una traición y una afrenta a sus sufrimientos y a su bravura: durante el sitio se vieron obligados a comer ratas y ortigas, pero no capitularon jamás.

Los obreros, mayoritarios en los barrios del este, eran quienes más habían sufrido, pues no tenían los medios de comprar víveres en el mercado negro. Exigían a voces más justicia social, algo que la clase dirigente no estaba en absoluto dispuesta a concederles pero que les prometían las diferentes facciones socialistas ­—en esa época, la palabra no designaba a los gestores socialdemócratas sometidos al capital, al estilo del PSOE, sino a todos los componentes políticos del movimiento obrero: de los proudhonianos antiautoritarios a los blanquistas jacobinos, pasando por los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores—. Su ánimo era, pues, muy beligerante. Y estaban armados: la Guardia Nacional, milicia burguesa, se había ampliado a los obreros para asegurar la defensa de la capital cuando los principales cuerpos del Ejército habían capitulado. Disponía de 500.000 fusiles y de 200 o 300 cañones.

El 17 de marzo, Thiers decide el desarme del pueblo. Ordena que se tome la artillería de la Guardia Nacional, instalada en tres alturas de París, en tres barrios populares: Montmartre, Belleville y Ménilmontant. Pero las tropas enviadas a toda prisa para retirar los cañones fraterniza con la multitud que se ha congregado para impedírselo. En toda la ciudad se levantan barricadas. Dos generales implicados en la represión de las jornadas de junio de 1848, Lecomte y Clément-Thomas, son linchados en la calle Rosiers, el centro de París. Como el ambiente de la capital se había vuelto perjudicial para él, Thiers vuelve a Versalles para preparar la reconquista militar de la ciudad insurrecta. Decenas de miles de habitantes ricos abandonan la ciudad siguiendo su estela.
Thiers puede contar con Bismarck. El canciller vencedor libera rápidamente a 60.000 soldados franceses, capturados en el este del país, que van a engordar las filas de las tropas de Versalles. Thiers se apresura, además, a reclutar a un ejército profesional en los campos, poco favorables a París y a los “distribuidores”. En pocas semanas dispondrá de 130.000 hombres, la mayoría de origen rural y buenos católicos, comandados por oficiales aguerridos en las expediciones coloniales. La “Nueva Atenas”, que se ve a sí misma como capital mundial del ateísmo y de la libertad, está confrontada una vez más a sus dos enemigos eternos: la beatería venenosa de los curas y el militarismo arrogante de los soldados.

El 26 de marzo se elige a los 92 miembros de la Comuna, la instancia municipal que va a ejercer de facto el poder en París durante dos meses escasos. Pero los representantes electos del partido de Thiers —cuyo programa completo reside en su nombre: el Partido del Orden— rechazan ocupar su puesto, y los moderados no tardan en dimitir. En cuanto al viejo Auguste Blanqui, el jefe histórico del sector republicano más combativo, fue arrestado en provincias el mismo día de la insurrección parisina. En total son 70 los delegados activos, divididos en varias facciones, ninguna de ellas mayoritaria. El grupo principal está formado por jacobinos moderados, cuyas principales figuras son Charles Delescluze, que había cumplido cuatro años de cárcel en Guyana bajo el Segundo Imperio, y Félix Pyat, figura del periodismo antiimperial. Los blanquistas son una decena y defienden una dictadura revolucionaria. El resto se divide entre independientes, como el escritor Jules Vallès, e internacionalistas, como Eugène Valin y Benoît Malon. 25 de sus miembros son obreros y dos, pintores, uno de los cuales se llama Gustave Courbet, uno de los principales pintores realistas de su época.

La primera decisión de la Comuna es crear diez comisiones. Después anula los alquileres que se debía a los propietarios desde octubre de 1870 y requisa las viviendas dejadas vacías por los huidos para alojar en ellas a la gente que está en la calle debido a los bombardeos lanzados durante el asedio. El 28 de marzo, la bandera roja se adopta como emblema de la Comuna. Instaura también, para los miembros de la asamblea municipal, el imperativo por el que son “permanentemente controlados, supervisados, discutidos, revocables y responsables”. Esta exigencia de democracia directa es sin duda lo que mejor caracteriza las aspiraciones igualitarias de los comuneros, y lo que más inquietaba a sus enemigos. La Comuna comienza a requisar las fábricas y talleres abandonados por sus patrones para confiarlos a cooperativas obreras. Una Unión de las Mujeres para la Defensa de París, primera organización feminista francesa, es creada por la agitadora rusa Elisabeth Dimitrieff y la obrera encuadernadora Nathalie Lemel, y recluta ampliamente en los barrios populares. Influenciadas por las ideas de la socialista Flora Tristán, sus miembros reclaman igualdad de salarios y el derecho de voto para las mujeres —que no se concederá a las francesas hasta 75 años después—, reformas a las que la Comuna se había comprometido pero que no tendrá tiempo de poner en marcha. Es a sus mujeres valientes y luchadoras a las que la prensa reaccionaria calificará de “petroleras” y pintará como arpías surgidas de los tugurios para incendiar los barrios ricos.

El 2 de abril, la Comuna decreta la separación de la Iglesia y el Estado, así como el embargo de los bienes inmobiliarios que poseen las congregaciones religiosas. El arzobispo de París, Darboy, es detenido ese mismo día. Debe ser intercambiado por Blanqui, pero Thiers declina la propuesta: prefiere mantener encerrado al jefe emblemático del bando republicano y abandona al prelado a su suerte, calculando que, en el peor de los casos, su muerte proporcionaría un prestigioso mártir al Partido del Orden.

La mayor parte de las decisiones tomadas por la Comuna no se pondrá en marcha. Debía consagrarse prioritariamente al enfrentamiento con los versalleses. Como suele ocurrir en la historia mundial, la guerra civil obstaculiza la insurrección y pospone la revolución al improbable día después de la victoria.

El 5 de abril, la Comuna decreta la movilización y el armamento de los hombres de 19 a 40 años, que se cumple sobre la base del voluntariado. Aunque motivados, los reclutados no tienen experiencia militar y son propensos a la indisciplina. Solo un puñado de oficiales de profesión, como el coronel Louis Rossel y el general Jaroslaw Dombrowski, aceptan dirigir a las tropas comuneras, mucho menos numerosas que las de Versalles. A la relación de fuerzas cada vez más favorable a los versalleses se añade una serie de errores tácticos. Desde el 21 de marzo, estos se apoderan del fuerte de Mont-Valérien, que los comuneros no se han preocupado de ocupar. El 30 de marzo, los versalleses toman posiciones en la glorieta de Courbevoie, donde se alza hoy en día el horrible barrio de negocios de La Défense, símbolo muy tardío pero muy concreto de la victoria de los versalleses. Durante las tres semanas siguientes, los combates se limitan a escaramuzas, mientras que Thiers refuerza su ejército. A finales de abril lanza su ofensiva y los versalleses vuelan de victoria en victoria, retomando uno a uno todos los puntos estratégicos del extrarradio oeste. El 21 de mayo penetran en París por la puerta Saint-Cloud. Es el principio de la Semana Sangrienta.

En los barrios conquistados, los versalleses proceden a una depuración sangrienta, fusilando sin juicio a todos los guardias nacionales que caen en sus manos. El 22 instalan cañones en las alturas de Chaillot y bombardean el centro de París. Muchos guardias nacionales se repliegan a los barrios obreros. Se levantan barricadas en las grandes arterias y en los cruces, pero la mayoría serán fácilmente sorteadas por las tropas de Versalles. Cuanto más penetran en los barrios populares, más feroces se vuelven. En la calle Rosiers, para vengar a Lecomte y a Clément-Thomas, atrapan en una redada a 43 habitantes del barrio y los ejecutan sumariamente.

Al día siguiente, 700 defensores del Barrio Latino son capturados y fusilados. Toda persona —hombre, mujer, niño— cuyos dedos huelan a pólvora es fusilada en el acto. El arzobispo Darboy y otros cinco rehenes son ejecutados como represalia. Al retirarse de los barrios centrales, los comuneros incendian varios edificios, entre ellos el palacio de las Tullerías y el Ayuntamiento. El 24 y el 25 tienen lugar combates encarnizados en los suburbios populares.

El 26, bajo la presión de la población enfurecida, 50 curas y gendarmes detenidos en Belleville son fusilados por los guardias nacionales. Viendo que serán masacrados pase lo que pase, algunos comuneros están decididos a vender caro su pellejo, mientras que otros huyen de París cuando aún están a tiempo. Al final de esa jornada sanguinaria, los comuneros ya solo mantienen Belleville y Ménilmontant, sus dos principales bastiones electorales.

Los últimos combates, los más desesperados, son los más encarnizados. El 27, Belleville es bombardeada y el cementerio de Père-Lachaise, en Ménilmontant, es teatro de sangrientos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, al final de los cuales 147 comuneros son fusilados. El 28, los combates paran al final del día. La Comuna ha sido vencida.

El balance de esta carnicería varía mucho según las fuentes, pero parece encontrarse entre las 20.000 y las 30.000 víctimas —París tenía un millón y medio de habitantes—. Hubo después una serie de juicios con más de 10.000 condenas. 5.000 comuneros, entre ellos la anarquista Louise Michel, fueron deportados a Nueva Caledonia. Muchas figuras de la Comuna escaparon a tiempo de las balas de los verdugos y se refugiaron en el extranjero. En 1880, un gobierno menos reaccionario aprobó una ley de amnistía y los exiliados pudieron volver, y algunos de ellos jugaron un papel de primer orden en la vida política y cultural.

En cuanto a Courbet, fue delegado de Bellas Artes de la Comuna, y como tal presidió la demolición de la columna Vendôme, en el centro de París. Ese espantoso monumento había sido erigido por Napoleón I en su propia gloria y fundido con el bronce de los cañones de Austerlitz. Es a la vez como esteta y como amigo de la libertad que Courbet propuso su destrucción, que se produjo menos de una semana antes del principio de la Semana Sangrienta, conforme al siguiente decreto:

La Comuna de París, considerando que la columna imperial de la plaza Vendôme es un monumento de barbarie, un símbolo de fuerza bruta y de falsa gloria, una afirmación del militarismo, una negación del derecho internacional, un insulto permanente de los vencedores hacia los vencidos, un atentado perpetuo a uno de los grandes principios de la República francesa, la fraternidad, decreta:

Artículo único. La columna Vendôme será demolida.

El autor de El origen del mundo fue condenado a reembolsar los gastos de la reconstrucción de la columna verdusca, pero murió en 1877, antes de haber pagado la primera de las 33 cuotas de 10.000 francos que debía a una república copiosamente bautizada con la sangre de los pobres, y que honra a los tiranos y a los asesinos.

Fuente: El Salto

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