Primer día del séptimo mes del planetario alejado de la sombra.
Ayer, vi sangre en mí, me asusté tanto que mi mente comenzó a desvariar: miedo, años pasaron por mi mente, y sin futuro, no más de nueve meses de vida me di.

La vida es un asco; es bella, hermosa, se siente uno vivo, con ganas de superarse todos los día, el sol, la gente, los árboles; si todo eso, que la hace lo mejor que Dios creó, a la vez es una pena; hoy estás aquí y mañana criando malvas.

Como he comentado, me quedé dormido en el sofá, como casi todos los días, con la cabeza de lado, la espalda destrozada, las piernas calientes por el calor del portátil, y la televisión como siempre vomitando chorradas de las suyas.

Me levanté como pude, apagué el come tiempos del portátil y el aparato de mentiras y programas de esos que llaman del corazón, ¡Dios mío!, me dirigí a la cocina, vi que todo estaba en su sitio, a penas llegué como una peonza al baño, me limpié los dientes (piños para algunos), y es cuando vi esa mancha roja entre las blancas del dentífrico. Me asuste un poco, ya que suele ser de las encías, pero, al volver o al forzar de nuevo esa saliva que sale de lo más profundo de ti, que aún no sé si es de la garganta o de la nariz; bueno al caso es que volvió a salir de nuevo ese color rojo, ya es cuando me puse de los nervios, esperé un segundo más, y de nuevo la misma operación y lo mismo…

Ya es cuando se encendieron todas las alarmas; en  mi caso las luces de la casa, pasillos, habitaciones, cocina y salón; abrí la nevera y me tomé un Actimel; la verdad es que es otro más de esos engaños que nos sale de la maldita televisión. El caso es que después volví de nuevo al baño apagando las luces en mi camino; y ya dejó de salir esa mancha roja, ya era blanquecina.

El caso es que me metí en la cama; pero antes, despertando a la señora (Pariente dirían otros, que la verdad es que no sé por qué se la llama así), le conté lo ocurrido; entonces me puso más nervioso; si quieres, nos acercamos al Hospital…

Me tape la garganta con la manta dándome calor, ya que esos días atrás me dolía un poco, y el frío de esos días me ha podido causar daños; el caso es que no dejé de pensar en el tema, y ya casi, casi estaba viendo mi propio entierro y que tenía que decidir si me entierran o me incineran, y ya ni manta ni leches; eso comenzó a dar vueltas y yo con ello y ahora me queda nueve meses de vida, y tengo que decir a todos que me muero, despedirme de mis allegados, familias; no quisiera contar todo lo que pasó por mi mente; pero, sobre todo, en unos instantes, me di cuenta que sí tengo miedo a la muerte; yo que siempre he dicho que me da igual si viene que venga en ese momento es cuando ya todo es casi el fin, me entro ese miedo atroz que no sé cómo definir, pero, sobre todo, creo yo que no fue la propia muerte, sino el hecho que tenga de decidir si me queman o me entierran, la primera es de pánico arder, que no duele, y la segunda, encima de ti tierra, y que pasen por tu cuerpo bichos, y no puedas hacer nada para quitártelos…

Pasé la noche casi sin dormir, el hecho que os cuento, más la lluvia dando sobre el zócalo de plástico que puso el vecino; lo pasé casi de infierno, y ahora que sale el tema, qué pasará con mi alma: al infierno o al cielo...
La verdad es que no se me ha ocurrido en toda la noche, bueno, sinceramente no estaba yo por elegir ningún sitio de los dos, bastante tenía con el hecho de irme del barrio (en este caso de la vida).
De momento parece que no es nada; iré al médico y le contaré que me duele la garganta, y me dará el gelocatil de siempre (la Seguridad Social es como la televisión, siempre es lo mismo: una emite publicidad y la S.S. te lo receta), y otro día más; yo, desde luego, es lo que espero, que no sea nada.

La verdad es que si lo pienso un poco, cené tres filetes de cinta de lomo, adobado con un tomate y, quizás, eso fue ese color rojo lo que realmente salió, no lo otro que todos pensamos.
Pero, por si acaso, iré a ver a Lourdes y, de paso, que me recete dos cajas de ese negocio que es la hipertensión (ya de por vida, una pastilla al día).
La moraleja es que  no somos nadie en este planeta, siempre escuchando que se ha ido Juan en uno mes; que, a Ana, le han quitado un pecho; que, a la niña de Antonio, se le ha muerto el bebé; son desgracias tras desgracias, y nada bueno, por lo menos, a estos mortales, que sobreviven en el mar de lágrimas que nos ha dejado la naturaleza o Dios, como uno prefiera pensar; pero, como tenemos que creer en algo, ya que, de lo contrario, qué sentido tiene todo esto, yo prefiero creer en…


Continuará.